jueves, mayo 19, 2011

Retratos (Vol. 37)

Ella y yo éramos hermanos cuando todos a nuestro alrededor se tornaron extraños. Teníamos en nuestras propias manos el molde del amor verdadero, aquel que permanece después de las tormentas.

Un buen día se presentó en casa con un ramo de flores secas y dijo: “Sé que no ha muerto nadie pero a veces las flores sirven para cosas mejores que una tumba”. Así que yo sonreí y le contesté que podía dejarlas en la cama junto a su ropa pues el resto de la casa estaba prácticamente inhabitable tras la tormenta.

Pasaron dos horas en dos suspiros y como un tren recorrí el camino desde su vientre hasta su boca parando en cada estación de su menudo cuerpo.

Había prometido que ya no me iba a querer más
pero algo aquella noche debió hacerle cambiar de opinión
pues antes de marcharse hizo un gesto con la mano que yo entendí como un volveré más tarde.

Y es que cuando uno deja de amar al otro, al que tiene al costado, al que ofrece una imagen de uno mismo que el tiempo poco a poco va deshilachando, todo deja de importar o importa demasiado.

No existe término medio entre el que odia y el que ama.

Sin embargo aquel día fuimos sin duda hermanos, carne con carne, cuerpos unidos sin límites físicos.
Qué pequeño era el mundo cuando sus ojos ocupaban todo. Aquellos ojos suyos que fueron míos y por lo que vi lo que nadie aun vio.

No he conocido una mirada igual a la de ella pero sigo buscando pues sus flores siguen en casa.

Eso sí, todos los floreros los lancé por el balcón. No hay que dejar nada en manos del destino

1 comentario:

Nacho dijo...

No sé el motivo pero este Retratos me ha recordado a Jorge Ilegal aunque un poco más lírico.

Será por lo de las flores secas, quién sabe.

Abrazos.