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jueves, abril 10, 2014

En el Backstage Vol. 38



Miembros de la grey

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Independientemente de mi condición de seguidor, con más o menos pasión, de muchos grupos y cantantes siempre me cuesta entender el fenómeno fan que lleva a algunos intérpretes a convertir sus conciertos en verdaderas ceremonias en las que sus acólitos se entregan de forma desenfrenada e irracional. Aunque la música tiene algo de todo esto pues toca las emociones más recónditas de manera contundente provocando reacciones desaforadas, cuando esto sucede de manera grupal y a gran escala la cosa se asemeja más a algún tipo de rebaño absurdo guiado únicamente por el instinto y por los estímulos más bajos. De esta forma, se produce el curioso fenómeno de que estas hordas descontroladas se dejan llevar sin criterio por los caminos trillados, mil veces recorridos, y las letras insulsas para alborotar cuando su artista favorito hace cualquier guiño o gesto a esta legión que se derrite a sus pies.
Algo parecido es lo que sucedió el pasado cinco de abril en la sala La Riviera de Madrid. El motivo se encontraba en Leiva que, batiendo todas sus marcas, iba dispuesto a cerrar la tercera de las cuatro noches consecutivas con las que había abarrotado la mítica sala del Manzanares. Como era de esperar, el espacio estaba saturado por un público, cada vez más curtido, en el que no faltaban jóvenes entregadas que a buen seguro llevan coreando su nombre desde hace más de una década. El caso es que la audiencia estaba dispuesta, en la sala no cabía ni un alfiler y solo faltaba poner la música para que la velada saliese a las mil maravillas. Pero claro, aquí es donde comienzan los verdaderos problemas.
En relación a la recinto nada que destacar, se trata de uno de los mejores espacios en los que he estado con un sonido más que aceptable para su tamaño y en el que habitualmente se está cómodo. Son muchas las noches que he pasado en ese lugar viendo  a grupos de todos los pelajes y siempre, sin excepción, es un sitio al que es agradable volver para disfrutar de la música en directo. Espero regresar pronto pues, aunque estuve confortable desde el primer momento, son los pequeños detalles los que marcan la diferencia y, sin lugar a dudas, este local cuenta con infinidad de pinceladas que invariablemente dibujan un panorama para disfrutar. En otras palabras, siempre ofrece algún detalle que hace de cada concierto algo único y diferente.
En cuanto a Leiva, que realmente era a quien íbamos a ver, sigue en la línea que esperaba. Realmente se trata de un tipo que, si bien he ido aceptando a lo largo del tiempo e incluso valorando, dependiendo del momento, siempre me deja un poso de incertidumbre que hasta el otro día no sabía explicar con exactitud. El asunto me quedó más o menos claro y ya sé cuáles son los motivos por los que no soy capaz de convertirme en uno de sus fieles y ciegos seguidores. Cuando entró con una banda que contaba con vientos, percusión adicional, teclado y dos guitarras (incluyendo la suya propia) pensé que iba a sonar estupendamente y que iba a tratarse de un buen directo. Sin embargo, aunque sí que sonaban bien y tenían una más que adecuada disposición (contaban incluso con el emblemático César Pop a los teclados), algo no terminaba de cuadrar. Aunque suene un poco carca, lo primero que me enervó fue que todas las niñatas y maduritas que se habían congregado para admirar a su héroe de treinta y tres quilos no cesaban de cantar ni un instante y fui incapaz de escuchar nítidamente la voz del solista que tenía a pocos metros ofreciendo su espectáculo. Si bien el asunto no tiene mucha importancia para algunos, a mí se me antoja algo fundamental el ser capaz de enterarme de lo que pasa en el escenario pues, de la forma en la que se produjo el espectáculo, se asemejaba más a un karaoke gigante que a otra cosa. Por otro lado, y esto es algo que siempre había acusado en este tío, cuando me enteraba de lo que cantaba era incapaz de creerme ni una sola de las estrofas que iba desgranando. Todos los  lugares comunes pasan por sus composiciones y sus letras. Desde mi punto de vista, acaban por tornarse un estercolero edulcorado que parece ejercer una influencia hipnótica entre sus incondicionales. Aunque, eso sí, debo decir que tiene una buena voz que no pierde nivel a lo largo del concierto (no hay que olvidar que se trataba de su tercera noche seguida). A todo esto se añadió el asunto musical que, aunque estaba bien, se quedaba en la frontera de la medianía. De hecho, resultó ser una amalgama de múltiples influencias que acababan por resultar demasiado descarnadas como para ofrecer algo nuevo. Es decir, Leiva pasa por haberse convertido en un vampiro del rock que, si bien maneja los resortes a la perfección, debería ofrecer algo más personal para convencer a alguien que no moje las bragas cada vez que hace una de sus poses. Calamaro, la E street Band, Tarque e incluso los propios Pereza, estuvieron presentes de alguno u otra manera en el recital sin que hubiesen sido invitados. Por último, y esto sí que es más positivo, debo reconocer que Leiva ha rebajado un tanto su afectación y, aunque en ocasiones se deja llevar y no es capaz de controlarse, está un tanto más centrado en relación a la última vez que lo vi. Algo es algo.
En definitiva, un espectáculo digno que pasa del aprobado y que mantiene la progresión de este artista que, como ya predije hace unos cuantos años, es el triunfador de la dupla que formaba con Rubén Pozo.

Nacho Valdés

miércoles, febrero 19, 2014

En el Backstage



Noche para disfrutar

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Hacía tiempo que este santo espacio no se veía asaltado por la crónica de algún concierto (para ser justos debo reconocer que este sitio está más bien desvalido pero, sin duda, esta es otra historia) y el pasado viernes 14 de febrero mi atractiva esposa y yo tuvimos la oportunidad de asistir al estreno hispano de los casi recién creados John the Conqueror y ésta sí que es una historia que atañe a este lugar.
La noche parecía conducirnos a través de la lluvia a algún oscuro antro de la zona del Mississippi, yo me había pertrechado con mi petaca de güisqui por lo que pudiese acontecer y empapados, en lugar de llegar a algún lugar perdido lleno de rednecks y negros oscuros como el carbón, alcanzamos el centro de Madrid donde debutaban en suelo patrio los John de Conqueror. La sala Boite, que no conocía, me pareció, además de envidiablemente ubicada, el lugar ideal para un concierto de las características del que estábamos a punto de asistir. Pequeña, con un aforo de unas trescientas personas, de sonido perfecto y con una distribución adecuada para que nadie se perdiese nada del show. El público, conformado principalmente por barbudos hipster devora magdalenas, fue respetuoso y todos pudimos convivir con tranquilidad a pesar de que se habían agotado las entradas y que el local estaba hasta la bandera.
El grupo comenzó puntual, a eso de las diez y media, con un trallazo que dejó a las claras de qué iba el asunto que nos esperaba. Blues-rock clásico, con concesiones a la dureza o a la lírica cuando se hacía necesario, y con una formación bien trabada que sabía perfectamente a qué había viajado hasta Europa. El grupo, un power trío que funcionaba a las mil maravillas, sonaba compacto y potente pero con la suficiente versatilidad como para cambiar el estilo de sus temas con unas mínimas variaciones que nos trasladaban por la senda de un blues-rock que a veces lindaba con el rhythm and blues, el soul o el funk aunque, sin duda, manteniendo un sonido de raíces que dejaba clara la marca de la casa (creo que hará de seña de identidad de este conjunto). El cantante y guitarra, pertrechado con un Ibanez de caja semihueca que sonaba increíblemente bien, se desató como un torbellino sobre el escenario con una voz protagonista del espectáculo de profundo timbre negro y tono grave y potente. El  tipo, un atractivo mulato del sur de Estados Unidos, no desentonó ni una sola vez y mantuvo el tipo durante la totalidad del concierto. De hecho, fue capaz de modular y envolver a los presentes con los cambios de fraseo y de energía de los que hizo gala. Además, por si esto fuera poco, tocaba la guitarra extraordinariamente y fue capaz de llenar, a base de riffs cortantes y pentatónicas endiabladas, el vacío que dejaba la rítmica. Una guitarra con mucho crunch y olor a válvula añeja y setentera. Por su parte, percusión (un negro gigante) y bajo (una especie de destilador ilegal de lo más profundo de Estados Unidos) hicieron lo que debían acompañando a la estrella del conjunto y dejando su rol en el lugar que les correspondía; en un segundo plano.
A la finalización del concierto, que se ciñó sobre todo a su último álbum y no ofreció concesiones en forma de versiones, los integrantes de John the Conqueror se mezclaron con los asistentes y firmaron discos mientras charlaban tranquilamente hasta que la Boite se fue quedando vacía y comenzaron a prepararse para su siguiente parada en Barcelona. Una broche perfecto para freaks como yo que agradecen este tipo de gestos que permiten conocer a los artistas de primera mano.
En definitiva, un conjunto a seguir que, al  estar en el sello de los Black Keys, a buen seguro que tendrá la difusión adecuada. Y lo más importante, tienen un sonido propio que, aunque mana de las raíces blueseras más profundas de América, adquiere personalidad propia. Es decir, un grupo auténtico que espero volver a ver por aquí para tomarme un güisqui mientras disfruto de buena música.

Nacho Valdés

martes, octubre 23, 2012

En en Backstage

Wilco
Murcia
19-10-2012 BUM FESTIVAL

¿Y después de esto que nos queda?

Wilco hizo acto de presencia en el Festival BUM 2012. La plaza de toros de “La Condomina” fue el lugar escogido para cerrar la semana triunfal de la banda por nuestro país. Tras pasar por Barcelona, Madrid, Sevilla y Bilbao le tocó el turno a Murcia. Una fría e intensa lluvia estuvo presente de forma intermitente durante toda la actuación pero eso no fue un impedimento para el devenir de los conciertos. Un público muy joven, universitario llenó la el recinto con ganas de escuchar buena música y pasar un buen rato. Los de Chicago, una vez más, volvieron a confirmar lo que muchos ya sabemos: Wilco tiene el mejor directo del planeta. Ante una audiencia que mayoritariamente venía a ver, de forma incompresible, a Lori Meyers desplegaron un repertorio único e intransferible. Y es que Tweedy y los suyos tienen todo lo que una banda sueña con tener: canciones como soles, oscuridad, redención, luz, puesta en escena, carisma, historia, experimentación, soul, rock, alt country, pop, folk, profesionalidad, inspiración... y un larguísimo etcétera de excelentes adjetivos que su música destila. Tweedy aguantó todo el concierto con su ya mítico sombrero y sus pintas de músico callejero y lo hizo secundado por esa apisonadora musical que son Nels Cline, Mickael Jorgensen, Glen Kotche, Pat Sansome y John Stirrat. Comenzó la actuación con la oscura “Poor Places” del excelente “Yankee Foxtrot Hotel" para fundirse con la epopeya eléctrónica que abre su último disco. Esos dos álbumes fueron los que formaron el esqueleto del concierto junto con pinceladas de sus otros trabajos como "A ghost is born". A partir de ahí se inició un despliegue de facultades musicales que pocas veces se pueden ver sobre un escenario. Wilco cantó bajo la lluvia pero la calidad y perfección de su sonido hacía pensar que los de Chicago nos cantaban desde el salón de casa. Y ese es el gran secreto de la banda: lo inmaculado de su sonido toquen donde toquen. Por cierto, a lo largo de los 17 temas que se interpretaron pude contar más de 10 guitarras distintas pasando por los dedos de Jeff Tweedy. Durante toda la noche hubo momentos para no olvidar aunque sería injusto no destacar instantes como el solo de guitarra de Nels Cline en "Impossible Germany"(INCLUYO VÍDEO); una melodía que podría durar eternamente y nadie pondría pegas. Y es que lo que este hombre hace con su guitarra yo no lo he visto en ningún otro lugar. También merece ser destacada “Via Chicago” esa nana melancólica, sórdida y preñada de literatura americana que Tweedy canta como nadie. La voz de Tweedy emocionó y llego a todos los oídos que por ahí abajo peleaban con la lluvia. Unas pocas palabras en castellano para agradecer el aguante debajo del temporal y un enigmático “gracias por invadirnos” fue lo único que salió de la boca del cantante a parte de sus canciones, claro. El concierto fue más corto que los de la anterior semana por estar incrustado dentro de un festival pero aun así todos acabamos mojados y contentos de poder ver a Wilco desde muy cerquita. Difícil papeleta les quedó Lori Meyers para cerrar el festival después de lo que los de Chicago demostraron en el escenario. Esperamos poder repetir pronto allí donde la banda nos cite. Hasta que eso ocurra, solo se me ocurre una cosa que decirles a Wilco: Gracias por existir en nuestra época, señores.

miércoles, octubre 17, 2012

En el Backstage Vol. 35




Valencia Über Alles

Los dioses del rock parecieron confabularse cuando el Muchacho me informó hace ya unas cuantas semanas de que el enorme Jello Biafra iba a pasarse por la Sala El Loco de Valencia. Como todo parecía demasiado bonito para ser verdad intenté confirmar el rumor pero resultó imposible, cuando ya lo daba por perdido resultó que se confirmó el evento; el 8 de octubre, a eso de las diez y media de la noche, estaría a menos de quinientos metros de mi casa una de las leyendas vivas del punk de San Francisco.
La noche de marras me encontraba un tanto nervioso, un cosquilleo en mi estómago demostraba la cercanía de mi ídolo y la consumación de un encuentro por el que llevaba esperando prácticamente un par de décadas. Los Dead Kennedys, sin su inconfundible líder, ya habían girado por la geografía española perdiéndome en aquella ocasión el show pero, en esta ocasión, para Jello no había excusa; estaba decidido a hacer lo que fuese necesario para poder verle de una vez por todas en directo. Al final no tuve que hacer nada especial (menos mal), todo encajó a la perfección y simplemente me tomé la molestia de comprar la entrada por adelantado.
Según avanzaba el tiempo, las cloacas parecieron abrir sus compuertas y los punkis más sucios de toda la ciudad comenzaban a acercarse a la zona del Loco Club. Todo se inundó de crestas, camisetas rotas y chupas de cuero con la curiosa confluencia de gafipastis cuarentones pertenecientes a la generación original de los Dead Kennedys que también hicieron el esfuerzo de acudir en manada. Curiosamente, aunque volaron vasos y botellas de agua, ninguno de los modernuquis que se había reunido se enzarzó con las ratas punkis que atestaban el local. Total, el aforo se dividía más o menos a partes iguales entre modernos y tiradetes más clásicos.
La sala, como es habitual, sonó a las mil maravillas aunque los teloneros se empeñasen en poner a prueba nuestra capacidad auditiva y las posibilidades sonoras del local. Se trataba de un power trío de chavaletes que practicaban el giro de melena sobre sus cuerpos tatuados mientras su sonido saturado y distorsionado hasta la desfiguración atronaba al personal. Aunque ponían cierta actitud, evidenciaban una absoluta falta de aptitud musical que suplían con una guitarra que chillaba como si la hubiesen apaleado. El cantante, al tiempo que golpeaba el mencionado instrumento, aullaba a la luna algo ininteligible que se perdía entre el horrible sonido. En fin, hardcore rápido de la más baja calidad.
Por fin, tras el castigo recibido, apareció el enorme Jello Biafra ataviado con una especie de batín confeccionado a base de collages de prensa. Salió corriendo y despidiendo por todos sus poros la vitalidad y carisma que siempre le han caracterizado y, a pesar del evidente paso del tiempo, se le veía en forma y motivado. La banda, los Guantanamo School of Medicine, compuesta por guitarra solista, guitarra rítmica que ayudaba en los coros, batería y bajo sonaba totalmente engrasada y evidenciaba la complicidad que se había establecido en gira y ensayos. El sonido, cercano al proto-punk de los Kennedys, también tenía matices propios y se veía como el señor Biafra disfrutaba de sus entregados y profesionales acompañantes. El show cumplió con todos los requisitos que se esperaban: tuvimos la consabida performance del líder, mímica y trabajo de clown y, por supuesto, contenido político que Jello Biafra se encargó de traducir al español en un cuaderno al que recurría para explicar las temáticas de las que trataban las canciones.
Todos los presentes, incluido el jovencísimo Jacobo y su bella madre, disfrutamos de un artista nato que ha hecho de la música el canal con el que trasmitirnos un mensaje que a todos nos afecta. Por supuesto, a lo largo del recital se fueron intercalando éxitos atemporales de los Dead Kennedys como Nazi punks fuck off, Kill de poor y, como no podía ser de otra manera, la irrenunciable California Über Alles llegando al colofón de Holiday in Cambodia en la que la sala se rindió al grupo de forma definitiva.
Se trató de una noche increíble en la que disfruté de lo lindo de un Jello Biafra que no falló a la voz y que nos ofreció todos los ingredientes que esperábamos, seguro que ninguno de los asistentes salió defraudado.

Nacho Valdés

miércoles, julio 11, 2012

En el Backstage Vol. 34



Noche enemiga

Los conciertos de verano deparan increíbles sorpresas que, en muchas ocasiones, nos permiten disfrutar de grupos que de otra manera sería difícil o incluso imposible admirar. Es el caso de Los Enemigos que, tras diez años de separación, vuelven a la carga y deciden pasarse por la Feria de julio y los jardines de Viveros de Valencia. La ubicación, como siempre, inmejorable para disfrutar de la música y del buen rock que los madrileños llevan como estandarte.
Era indudable que el asunto iba a tener trascendencia pues parece ser que la comunidad enemiga es nutrida en tierras levantinas y, por supuesto, Josele y sus secuaces se iban a ver respaldados por la vieja guardia rockera que lleva afilando sus cuchillos desde que esta importante banda se separó allá por el lejano 2002. Aunque los cuerpos aguantaron de manera desigual el paso del tiempo pues los asistentes estaban un poco más calvos y rellenos, hay que decir que en contrapartida llevaron consigo las nuevas generaciones rockeras que, en muchos casos, disfrutaron del que era su primer concierto. Es el caso de mi hijo que, transportado en la tripa de su bella madre, pudo oír, que no ver, la primera actuación de su vida. Esperemos que sea la primera de muchísimas más. Pero, en fin, no nos pongamos sensiblones pues la noche del viernes 6 de julio era un momento esperado por toda la concurrencia para dejarnos llevar por las guitarras macarras y la personalísima voz de Josele que dota a Los Enemigos de ese punto extra que les hace tan diferentes y particulares.
Por desgracia iban a ser teloneros de Love of Lesbian (grupo al que no pude ver y del que no escuché ni un acorde) por lo que a las nueve, puntuales como relojes, estaban todos los integrantes sobre el escenario. Josele, con una presencia envidiable y tostado por el sol recibido durante la gira actual que les está llevando por distintos puntos de nuestra geografía, atacó la mítica John Wayne. Por supuesto esto supuso el delirio del personal que se dejó llevar por las guitarras distorsionadas y por la voz grave y profunda del artista. De todas formas, y al contrario que en otras ocasiones en las que había asistido a los jardines de Viveros, el sonido no fue todo lo bueno que se podría desear y la voz de Josele no brilló como en las distancias cortas y acústicas en las que había podido verle en los últimos tiempos. Las guitarras y la percusión comenzaron demasiado gruesas y el característico timbre vocal de Los enemigos perdió protagonismo hasta que, poco a poco y gracias a una mejor ecualización, las aguas volvieron a su cauce. De todas maneras, los temas más complicados se adaptaron sobre la marcha para que la exigencia no fuese tan elevada y, de esta manera, asistimos a unas cuantas canciones que se acoplaron a las exigencias sonoras del momento. Es decir, el show nos ofreció nuevos matices dentro del repertorio enemigo que encandiló a los seguidores. Ejemplo de esto fue la manera en que acometieron Yo, el rey, Antonio o incluso la misma John Wayne. Aún así, la noche fue evolucionando y, aunque por exigencias temporales muchas canciones imprescindibles se quedaron en el tintero, pudimos disfrutar con increíbles temazos como Septiembre, Brindis, La cuenta atrás, Alegría, Paracaídas, Dentro, la versión gamberra de Señora, Soy un ser humano y, por supuesto, una de las canciones más representativas del grupo, Desde el jergón.
La banda sonó como un reloj y, a decir verdad, parecía que nunca habían dejado de girar por la compenetración y la soltura con la que acometieron todos los cortes del set list. Josele se aplicó con la guitarra y, aunque llevaba el apoyo de Manolo Benítez, él mismo se encargó de muchos adornos y filigranas. Todo un espectáculo. Finalmente, cuando todos deseamos más, tuvieron que dejar espacio para las nuevas generaciones indies que ya se agolpaban para ver a sus nuevos ídolos con pies de barro. A mí me hubiese gustado un poco más, supongo que como a todos los fans, así que tendré que contentarme con re-escuchar sus viejos éxitos con la caja recopilatorio Desde el jergón. Una maravilla, como el concierto del otro día. Por cierto, dicen las malas lenguas que por la zona se había reunido la cúpula completa de los Corazones Hambrientos además del Comandante Stratocaster. Algo solo al alcance de los más grandes como Josele. ¡Larga vida a Los Enemigos!

Nacho Valdés

viernes, marzo 09, 2012

En el Backstage Vol. 33



El rock helado

La ola de frío que azotó España hace pocas semanas parece que ha dado los últimos coletazos y nos dejó, el pasado viernes día dos de marzo a la sala El loco, a los suecos Diamond Dogs. La banda, que parece ser que se había unido, separado y vuelto a unir nos trajo una buena dosis de rock clásico que provocó bailes sincopados, besos fugaces y mucha diversión. Los componentes de los Diamond Dogs cuentan con amplia experiencia y todos están metidos en proyectos paralelos entre los que se cuentan algunos trabajos de renombre. Se puede afirmar que todos los asistentes al show que trajeron estos tipos desde tierras nórdicas pasaron un buen rato sin más pretensiones que las de escuchar buena música y divertirse un poco.
En un principio la cosa pintaba extraña cuando nos dimos de bruces con un grupo variopinto, de edad más que avanzada, con sus caras pálidas y sus ropas estrafalarias. Todo auguraba que se trataría de una noche extraña en la que difícilmente podría ubicarse un cálido público latino pero, sin embargo, esos señores que estaban subidos en el escenario conocían el idioma universal de la música y sabían qué resortes tocar para levantar y calentar a los asistentes. El grupo estaba conformado por seis integrantes que abarcaban teclados, guitarra, percusión, saxo, bajo y voz; vamos, lo que viene siendo una formación clásica. Todos estaban acompasados y unidos por la experiencia que dan los años, la carretera y los innumerables conciertos que llevan a sus espaldas. El caso es que la cosa comenzó tibia pero, poco a poco, se fue calentando y el front-man y cantante dio buena cuenta de los temas que acometía. Con un estilo más que cercano a Rod Stewart en cuanto a la estética y voz que, por otro lado, también recordaba a Carlos Tarque, impresionó con su potencia vocal, poses y demás artificios que acompañan a un buen espectáculo roquero. Sulo, que así se llama, hizo gestos, caras y poses interpretando con pasión sus temas. Entre los destacados también se encontraba el guitarra que hizo gala en varias ocasiones de su virtuosismo y llevó el peso del grupo pues no contaba con ninguna guitarra rítmica que le acompañase, él solo fue capaz de hacerse cargo de todas las guitarras sin errar una nota. Una maravilla que en algunos puntos recordaba al estilo clásico de Chuck Berry. Paradigmático fue también el caso del teclista que, enorme como un oso polar, llevaba la batuta de la actuación y hacía unos coros cavernosos realmente curiosos. El resto de la banda, sin tanto protagonismo, siguió el ritmo que se marcaba en la actuación sin cometer errores y ejecutando cada uno de los temas con precisión. Por momentos recordaban a The Faces, otras veces a los Black Crowes pero siempre con su toque sueco que los hacía un poquito diferentes aunque sin salirse del trillado camino del hard-rock.
El show, como ya he comentado, fue de menos a más. Comenzó con un par de hits que calentaron el ambiente, pasamos después por unos momentos delicados para, por último acabar rindiéndonos a los suecos. Destacó, hacia el final de la actuación, la parte folk que acometieron correspondiente a uno de los últimos discos. El grupo, sin ser tremendamente original, cuenta con composiciones propias y conocen con precisión las técnicas roqueras que todos esperábamos. Por lo tanto, fue una actuación más que notable que nos hizo bailar y disfrutar de la noche. Como no podía ser de otra manera, también tuvo sus momentos cómicos como cuando el cantante Sulo se cambió varias veces de ropa y apareció con su barriguita y su pantalón prieto; totalmente hilarante. También hubo espacio para el homenaje y el recuerdo cuando el baterista se hizo cargo de la guitarra y, mientras el grupo tomaba aire, se encargó de acometer una versión con tempo lento de Diamond Dogs de David Bowie. Al final, estuvieron más de dos horas sobre el escenario, ofrecieron un gran recital y todavía tuvieron tiempo para compartir unas copas y un poco de conversación con el público que había asistido a su concierto. Después, supongo que cargarían su furgoneta y a otra ciudad, puro rock de salas pequeñas donde cada noche es diferente y el éxito nunca está garantizado. En definitiva, la sala El Loco de Valencia tuvo ocasión de recibir a unos artesanos de un rock and roll clásico y más que recomendable.

Nacho Valdés

viernes, diciembre 02, 2011

En el Backstage Vol. 32


Aullidos a la luna llena

El mes de noviembre llegaba a su fin, no sé si con luna llena o no, y el Perro se acercaba por la cuenca del Turia para mostrarnos de lo que es capaz. Nos emplazó en el teatro Olympia y, situándonos en la primera fila como ha atestiguado la prensa local, disfrutamos de Juan Perro o, para aquellos que le conozcan por su nombre auténtico, Santiago Auserón. Yo, que no soy muy amigo de los conciertos lejos de las salas, debo confesar que el recital que nos presentó se adecuaba perfectamente al añejo lugar donde nos había citado. De hecho, seguramente debido a la solemnidad de butacas y adornos y a que no se podían beber copas, fue totalmente apropiado hacerlo en tal ubicación puesto que la noche se presentaba acústica y si el sonido o el público no acompañan puede traer problemas para la audición y, por supuesto, el deleite. Esa noche no tuvimos ninguna complicación, disfrutamos íntegramente de este personaje magnético que nos llevó sin dificultad a su terreno.
Santiago apareció puntual acompañado de un sombrero que provocaba que se mostrase más elegante si cabe, a sus cincuenta y siete años este artista sigue cumpliendo años como si el tiempo no pasase por él. Lo primero que hizo con un discurso pausado y culto fue crear el ambiente propicio para que, de alguna manera, conectásemos mágicamente con lo que nos tenía preparado. La atmósfera en penumbra, su cercanía y su carisma consiguió lo que se proponía e hizo de ese teatro una reunión de fieles al Perro que se dejaron llevar por su lírica musical. Yo, que no era seguidor de Santiago, debo decir que me sorprendió más que gratamente y que me hizo disfrutar muchísimo con su actuación. Hizo de la parquedad de la puesta en escena y de la propuesta acústica un valor más que un obstáculo y, de esta manera, logró la intimidad necesaria para llevarnos con él al terreno de sus letras trabajadas y ambiguas que no dejan indiferentes por su sencillez y, en algunos casos, profundidad. Pues es lo que hace este tipo, construir algo sencillo y en apariencia sin pretensiones que, sin embargo, cala en el espectador hasta lo más profundo de su ser. Así, consigue algo que siempre se me ha antojado complicadísimo; hacer lo difícil fácil sin aparente esfuerzo.
A nivel musical estuvo acompañado a la guitarra por Joan Vinyals, un maestro del instrumento de cuerdas que me dejó entusiasmado. Se atrevió con todo tipo de suertes y arreglos y llevó la voz cantante en el tema de las seis cuerdas; los ligados, bendings y demás recursos fueron utilizados con precisión cirujana y con el alma necesaria como para llenar el teatro con su sonido. Fue increíble cuando el tipo, después de que Santiago le diese entrada, realizó una serie de adornos que iba tarareando para después traducirlos por medio de la acústica. Santiago, que también iba armado con guitarra propia, hizo de acompañante y estuvo a la altura de la noche ejecutando las piezas desde un ángulo más sencillo. Donde no escatimó en esfuerzos fue en uso de su mejor recurso: la voz. A pesar de que estaba constipado y un tanto amarillento, cantó maravillosamente y con una calidad de la que pocas veces había sido testigo en directo. Con su estilo personal recorrió éxitos pasados y presentes e incluso se arrancó a capela sin ayuda de la amplificación. Ese fue uno de los mejores momentos, cuando se acercó a las escaleras de subida al escenario y lo dio todo sin necesidad de ayudarse de ningún recurso electrónico. Increíble.
Por otro lado, este concierto me ha permitido entender una de las opiniones controvertidas de un buen amigo. Comprendí como la autenticidad de Santiago, que ha viajado por todo el mundo en busca del son cubano, los sonidos africanos, el rock and roll americano y el blues de raíces de Nueva Orleans, es llevada hasta un idioma común que nos permite comprender estos sonidos foráneos pero desde la voz española. Es decir, Santiago hace de la fusión una realidad cuando convierte estas músicas populares de lejanos lugares en algo propio que podemos comprender gracias al uso de un idioma y un contenido con el que compartimos un legado cultural que nos llega mediante las letras que construye. De esta forma, he visto el mérito que conlleva el hacer uso de recursos extraños para hacer música en español pues lo fácil sería el utilizar el inglés para acercarse a estos ritmos tan apartados de la península.
En definitiva, una enorme noche en la Santiago aulló a la luna de los focos y en la que nos hizo vibrar con todo el talento que atesora en su distinguida figura.

Nacho Valdés

miércoles, noviembre 30, 2011

En el Backstage Vol. 31


El largo viaje de un intimista

Lleva ya muchos años el señor Krahe en la brecha, recorriendo salas, ciudades y todo tipo de locales en los que mostrar su buen hacer para con las letras y la rapsodia. Es por esto que se le debe antojar como un vicio o manía el andar por ahí deambulando a una edad, que aunque menor de lo aparentan sus canas, barbas y figura, ya no es la de un mozalbete que pueda enfrentarse como si tal cosa a los tubos de whisky que se arrea sin remisión. El caso es que recaló en Valencia, en la sala Wah Wah donde le recibimos con los honores que tamaño orador, pues difícilmente puede ser catalogado de cantante, merece desde hace lustros.
El lugar era el adecuado pues no tiene sentido introducir a este prohombre de la lírica en un lugar con mayor aforo, el local recogido era mucho más pertinente para que nos ofreciese el recital que estábamos esperando dubitativamente. La duda no respondía más que a la ignorancia, por lo menos en mi caso, pues, lejos de conocer la obra de este creador, únicamente sabía de algunos temas imperecederos y lo que mis mayores me habían contado. Toda referencia parecía representar a la leyenda, a tiempos pretéritos en los que se hacía música con un guitarra, una turuta, cuatro amigos y grandes dosis de alcohol y drogas blandas. Los tiempos han cambiado, eso no cabe ni cuestionárselo pero, lo que sí me quedó claro, es que este tipo de creaciones que juegan con el lenguaje y la ironía siempre estarán presentes y actuales para aquellos que mantengan un espíritu atento que pretenda deleitarse con las referencias culturales y poéticas, siempre de carácter mundano y banal, que realiza el señor Krahe. Es decir, en estos recitales se va alternando con gran sorna los elementos clásicos de la cultura occidental con los más cotidianos y accesibles. Ahí se encuentra la clave que Javier maneja con soltura, consigue un uso sutil y elevado del lenguaje con una métrica y una rima cuidadas hasta el máximo detalle que trata de los temas más vulgares y costumbristas. De esta manera, todos los que fuimos testigos del concierto pudimos disfrutar a carcajada viva de las ocurrencias de este tipo de barba blanca y figura escuchimizada.
El público, que era realmente variopinto y mucho más joven de lo que me esperaba en un principio, atiborró la sala y ejemplificó de manera práctica cuál es el motivo por el que Krahe es considerado como cantautor de culto. Es increíble que, en estos tiempos en los que la música en vivo sufre por abrirse camino, venga este hombre con todos los años del mundo a sus espaldas y consiga reunir a una concurrencia que inunde una sala de manera categórica. Ya fue una sorpresa saber que había vendido todo el aforo pero, mayor fue cuando comprobé que la media de edad se acercaba más a la mía que a la de Krahe. Por otro lado, es digno de mencionar el estado de forma en el que está este hombre de caústica presencia. Por un lado le acompañaban los consabidos whiskys con los que llenaba un vaso de tubo hasta el borde mismo y que iba sorbiendo a pequeños tragos y, por otro lado, la voz rota por mil pitillos con la que más que cantar entonaba sus juegos de palabras y retruécanos que nos llevaban desde lo vulgar a lo noble sin hacer pausas que permitiesen percibir el cambio de registro. Como buen trovador, no eran pocas las historias personales cargadas de ficción con las que entretuvo los entreactos y tiempos muertos. Por supuesto el resultado fue la hilaridad y la risa entusiasta de todos los que presenciamos el espectáculo.
A nivel musical la cosa era bien parca pues, además de la voz destrozada y débil del cantautor, contaba con guitarra y contrabajo que también acompañaban a los coros. Las composiciones fueron sencillas pero hicieron su labor a la perfección, permitieron que brillasen los ingeniosos embustes versificados y milimétricamente medidos con los que Krahe nos regaló una noche realmente especial. Como asunto excepcional, rescató una turuta con la que hizo alarde de su sencillo manejo en una de sus composiciones. Vamos, todo un guiño al pasado. Me quedo con tres canciones que me llamaron mucho la atención; la versión abreviada de la Odisea, la canción construida con esdrújulas y la canción protesta que criticó a listillos y demás elementos estrambóticos. Y, por supuesto, me quedo con la gran humanidad, cinismo y magnetismo que irradiaba el señor Krahe. Todo un grande.

Nacho Valdés

viernes, octubre 21, 2011

En el Backstage Vol. 30



Un gran salto hacia el futuro

Hacía por lo menos siete años que no los veía en directo, la última vez fue en la sala Ritmo y Compás de Madrid y ya, por aquel entonces, me quedé con la grata sensación del trabajo bien hecho. Si además se le añade la cercanía de los componentes del grupo, las sensaciones ahondan en lo personal y se vuelven más diáfanas y vividas. Antes de dar el salto hasta su primer y exitoso disco Un día en el mundo, Vetusta Morla ya llevaba una buena temporada trabajándose los escenarios y las canciones que después vieron la luz. Personalmente los sigo desde hace años y, por el momento, tengo en mi poder casi todos los trabajos que han alumbrado. Desde la maqueta la Cuadratura del círculo hasta el novísimo Mapas. En definitiva, más allá de los debates de fondo en relación a las reminiscencias que se detectan en sus composiciones y si son la vanguardia del Indie o tonterías por el estilo creo que la reflexión debería ser la siguiente: Vetusta Morla es un grupo que se ha trabajado un hueco en el mundo de la música española por derecho propio pues, sin lugar a dudas, nadie les ha regalado nada y han tenido que levantar su proyecto desde cero. El resto no son más que debates estériles cargados de mala baba, resentimiento o ánimo de notoriedad.
El caso es que el pasado sábado quince de octubre me pude reunir de nuevo con estos viejos conocidos gracias a la gentileza de Guille, uno de los guitarras. Dudo que, de otra forma, hubiese tenido oportunidad de verles pues en sus dos primeras visitas a Valencia me quedé en la puerta debido a mi falta de previsión y la gran avalancha de gente que también tuvo la feliz idea de asistir a la cita. La cuestión es que para el día quince, mi bella mujer y yo, así como Muchacho Eléctrico y la Muchacha Eléctrica, pudimos recrearnos con el enorme concierto con el que nos iban a hacer disfrutar los madrileños a todos los asistentes.
La convocatoria era en la sala Mirror que, de forma habitual, suele sonar un poco gruesa o directamente mal. En este caso la situación fue bien distinta y la banda, a pesar de comenzar con una calidad de sonido moderada, acabó sonando a la perfección gracias, supongo, al buen hacer del equipo técnico que acompañaba a los tricantinos. Lo que más me sorprendió, pues hacía mucho tiempo que no les veía sobre un escenario, fue la capacidad de resolución que mostraron estos músicos. Es decir, el primer disco, que me pareció una maravilla, me daba la impresión de estar sobre-producido y con un sonido difícilmente alcanzable en un directo pero, lejos de no encontrar sus referencias de estudio, los Vetusta Morla sonaron fieles a su estilo y a la calidad que destilan en sus discos. Resulta notable la capacidad del grupo para trabajar en equipo pues, quitando a Pucho que realizó sus discretas funciones de frontman, el resto salta a la vista que es un equipo bien avenido que trasmite ese buen rollo en sus actuaciones. Como he dicho, Pucho, debido al rol que le toca realizar, destacó por su voz y por la calidad y fidelidad a sus referencias grabadas y cuajó una actuación enorme durante la que interactuó con la gente a la que levantó cuando así se requería. Por otro lado, la percusión también fue uno de los elementos más cuidados de la actuación y contó con un protagonismo a la medida de las circunstancias. La sección rítmica estuvo a la altura del resto y Álvaro transmitió bastante buen rollo y cierto carisma que me gustó bastante. Por último, la sección melódica también estuvo perfecta, y las guitarras de Guille y Juanma se compenetraron de tal manera que cada cual tuvo su pequeño momento en el que llevaba el protagonismo sin necesidad de pisar a su par. Me quedo con la guitarra de caja semi-hueca, una Gibson creo, que lució Guillermo y que sonó estupendamente. Por otro lado, también estuvo atento a los coros e incluso se marcó unos adornos con los teclados que dieron el color adecuado a las canciones que así lo requerían.
El concierto resultó todo un éxito y comenzó con el último trabajo que, a pesar de que a mí no me había convencido, debo decir que en directo suena estupendamente y que muestra la madurez de estos creadores. Las letras atractivas, aunque con un fondo decadente, que al menos a mí me apasiona, han evolucionado y comienzan a convertirse en una referencia marca de la casa que forma parte del carácter que trasmite este grupo. El público estuvo totalmente entregado y se rindió sin rubor a los Vetusta, incluso en los momentos intermedios en los que la intensidad declinó ligeramente debido a la imposibilidad de mantener el mismo patrón durante toda la actuación. Para los últimos temas habían reservado éxitos contrastados que volvieron a arrebatar al auditorio y nos llevaron a disfrutar de un show de prácticamente dos horas de duración en el que no sobró ni un solo minuto.
En definitiva, todo un éxito para Vetusta Morla y un gran concierto para los que tuvimos la suerte de asistir. Os esperamos pronto…

Nacho Valdés