miércoles, abril 09, 2014

Delaletra



La clarividencia del pasado

Quizás uno de los autores contra los que incomprensiblemente he mantenido más prejuicios es contra Baruch de Spinoza. Desconozco los motivos pero, debido a su fama de racionalista recalcitrante y de escritor árido, me ha costado unos cuantos años acercarme a su obra. Sin embargo, tras vencer los reparos que atesoraba y que me impedían valorar convenientemente a este ensayista, me he sumergido en la que considero es una de las reflexiones políticas más contundentes de la modernidad.
El Tratado teológico político intenta, sin ambages ni concesiones a los poderes establecidos, mantener una separación neta en relación al poder temporal y espiritual; dos dimensiones que venían entremezclándose de manera confusa y partidista desde el Medievo. El caso es que el pensador flamenco presenta una serie de razonamientos, inspirados en una exégesis bíblica totalmente libre, que invitan a la dispersión de los poderes religioso y político pues, si bien el primero es fundamental para la salvación de las almas, el segundo se hace imprescindible para la buena dirección del Estado y sus súbditos y, en su opinión, esta mezcolanza no hace otra cosa que lastrar ambas facetas sin que ninguna de las dos logre realizar sus funciones de manera adecuada.
Que Spinoza lograse publicar esta obra en la época en el siglo XVII se debe a varios porqués. El primero y fundamental está en que residía en Amsterdam donde, después de la ocupación española de corte católico, se vivió con la independencia de las Provincias Unidas un paréntesis de libertad de pensamiento que fue aprovechado por infinidad de intelectuales con desigual fortuna pues muchos de ellos no engrosaron con su trabajo el acervo cultural occidental. No es el caso de Spinoza que, aunque no logró en vida el reconocimiento que merecía, ha sido restituido por el paso el tiempo y sus reflexiones han alcanzado el estatus que merecen.
Si El tratado teológico político sigue reimprimiéndose es por un motivo muy simple: sigue vigente. Está claro que el poder espiritual no tiene el peso de antaño y que su influencia social sigue otros vericuetos pero, si hablamos por ejemplo de ideologías (que a su manera también suponen una dogmatización), se puede establecer un paralelismo en relación a la época de Spinoza. De esta forma, el Tratado spinoziano es aplicable a ciertas situaciones actuales y, probablemente, en su particular visión podríamos encontrar soluciones a problemas acuciantes del presente.
En definitiva, una obra fundamental que debiera ser apreciada por todo aquel que tienda a la reflexión política.

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