lunes, marzo 21, 2011

En el ángulo muerto Vol. 95




Hoja de ruta

Seguí con la mirada al hombre que se acercaba hacia el lugar en el que me encontraba. Caminaba con dificultad entre la ventisca y, paso a paso, su figura se iba haciendo más nítida entre los copos de nieve que caían con fuerza cabalgando sobre el viento. A su alrededor se formaban pequeños remolinos blanquecinos que le obligaban a sujetarse con fuerza el embozo, como si se resistiese a que las tremendas corrientes le arrancasen su protección. En el interior, sin embargo, el ambiente estaba caldeado y en la estufa chisporroteaban los troncos a medio consumir que me permitían estar prácticamente sin ropa y únicamente cubierto por una gruesa manta. Únicamente las embestidas del viento, que de vez en cuando golpeaba con fuerza las paredes y el techo, rompían la atmósfera tranquila que nada tenía que ver con la tormenta que se estaba desarrollando fuera, en las montañas.
La puerta se abrió y unos cuantos copos arrastrados por la brisa hicieron presencia en el calor ajeno al frío exterior, inmediatamente cayeron al suelo y formaron unos pequeños charcos. Yo, un tanto nervioso, me levanté de golpe en un intento por recibir al hombre que se presentaba frente a mí y que con toda probabilidad me había salvado la vida. El rápido movimiento provocó que me marease profundamente y que casi me cayese al suelo de bruces, tuve que volver a sentarme en una de las sillas que había en la estancia. Mantuve la mirada baja pues no era capaz de levantar la vista, todo me daba vueltas y una desagradable sensación de mareo y vértigo me impedía cualquier acción que no fuese la de mantenerme sentado mirando fijamente a un punto del suelo de madera. Oí como el tipo que acababa de entrar se quitó el grueso abrigo en la entrada y las enormes botas que llevaba. Después, con lo que se me antojó una tremenda parsimonia, fue quitándose una a una las capas de ropa que llevaba para protegerse del gélido ambiente que nos rodeaba. Yo seguía imposibilitado, solo podía mirar de soslayo los pies del hombre que se había quedado en calcetines y se había calzado unas gruesas zapatillas de lana. Se acercó a mí y en un alemán bastante rústico, tanto que me costó unos instantes entenderlo, me dijo que debía mantenerme tumbado si quería mejorar. Me tocó la frente, supongo que buscando indicios de fiebre, y me ayudó a tumbarme sobre la cama con las piernas en alto. Al cabo de unos minutos me encontraba bastante mejor y fui capaz de incorporarme.
Frente a mí, calentando una especie de sopa en un hornillo, el personaje que me había acogido en su pequeña cabaña hacía sus labores sin prestarme demasiada atención. De vez en cuando, como si yo no estuviese delante, soltaba algún monosílabo como contestando a alguna conversación que llevaba consigo mismo y que denotaba la soledad en la que vivía. Yo le estudiaba de manera descarada, algo me decía que era la persona que había subido a buscar. La edad era la adecuada pues parecía ser lo suficientemente mayor como para ser algún tipo de familiar de mi abuelo fallecido, por otro lado, pocas personas se dedicaban a las labores de pastoreo en esas remotas montañas. Le pregunté directamente si se trataba de algún remoto linaje de mi abuelo. El anciano se volvió y me miró con su cara ajada y cuarteada por el paso del tiempo y me preguntó si yo era judío. Me quedé profundamente sorprendido por la pregunta y le respondí que no, el personaje relajó su expresión y siguió con sus labores. Me interrogó acerca de lo que quería de él y le expliqué los motivos de mi viaje y mis propósitos de escribir una novela sobre la historia de mi familia. Él esperó y tranquilamente se sentó en la mesa a tomar la sopa que se había preparado, había puesto un cuenco para mí y me invitó a acompañarle. Cuando estuvimos sentados me fue explicando lo que él consideraba una tremenda estupidez pues consideraba que la historia del pasado que teníamos en común no debía ser contada pues carecía de interés y, además, añadió que era ridículo pues en un mundo dominado por judíos mi historia no tendría ningún tipo de salida. Mientras sorbía la sopa que me había puesto delante llevé la conversación hacia el tema de los judíos que una y otra vez parecía salir a colación. El anciano se levantó histérico tirando los cuencos y gritó que se trataba de una raza maldita que había ocasionado miles de males a los suyos. Después, dándose cuenta de la extraña situación que se había provocado se volvió a sentar y me dijo: “Lo principal es que descanses, has tenido mucha fiebre y estás muy débil. Cuando sea el momento te explicaré todo lo que necesitas saber”. A continuación se puso de nuevo sus ropas y salió por la puerta enfrentándose a la tormenta que nos azotaba. Yo me quedé confuso y sin saber a qué atenerme, alimenté la estufa y observé por la ventana como el viejo se metía de lleno en el frío.

Nacho Valdés

14 comentarios:

raposu dijo...

Pues la historia va avanzando y parece que va al encuentro del hilo que la movió al principio.

Los escritores son como pequeños dioses que crean mundos y les hacen dar vueltas...

Anónimo dijo...

Una historia y estilo casi perfectos a nivel académico.

Y como casi todo lo académico, una grandísima mierda.

Le falta rima y ritmo, pasión y emoción. Igual que al de la "poesía", si se le puede llamar poesía o tan siquiera literatura.

Bueno, lo suyo es peor.

raposu dijo...

Supongo que el autor del relato se sentirá halagado al ver que es objeto de estos profundos análisis.

Por mi parte, como simple lector y si acaso comentarista, no quepo en mí de gozo al ver el nivel que alcanzamos.

Pronto este blog será de obligada consulta en los niveles intelectuales más sofisticados, no tanto por su contenido, sino por el privilegio de contar con criticos de este nivel.

Enhorabuena.

Anónimo dijo...

No caigas en la soberbia viejo zorro.

Sergio dijo...

Veo que estás muy interesado en nuestros escritos y que reservas parte de tu tiempo(que seguro es escaso) en leer y opinar sobre ellos.
Nos llena de gratitud tus palabras,tus opiniones y el gran sentido crítico que desborda cada uno de esos pensamientos.

Un gran saludo de mis partes. Gracias por aumentar nuestras estadísticas de visitas.

Siempre tuyo, el de la poesía.

laura dijo...

Yo lo que no entiendo es por qué pierdes tu tiempo leyendo este blog si no te gusta lo que lees, lo criticas gratuitamente sin que te hayamos pedido tu opinión y descalificas a gente que ni siquiera conoces. Supongo que no tendrás nada mejor que hacer en todo el día, lo cuál es bastante triste. Si quiere serguir perdiendo tu tiempo adelante, pero te adelanto que salvo que hagas una crítica constructiva el resto de opiniones que tengas no nos interesan.

Muchacho_Electrico dijo...

A mi en cambio, me encantaria ver un escrito tuyo, no para leerlo sino para limpiarme el culo con el.
Un saludo
PD.: Si tienes huevos haz alguna critica a mi sección.

raposu dijo...

No nos quiere decir quién es, pero tiene que ser alguien cercano: me ha llamado "viejo zorro".

Lo de zorro no tiene mérito, va en el avatar.

Anónimo dijo...

¿Por qué el autor no contesta?
Quien calla otorga...

paco albert dijo...

Al autor se le niega la oportunidad de contestar, porque no se ha traído ningún argumento y claro, las personas normales no comentan las descalificaciones, que por otra parte suelen definir a sus autores por sí solas.
Hay que ver, estimado autor. Mira qué pequeño revuelo ha levantado tu trabajo. Está claro que no deja indiferente. Es una pena que el detractor que te ha salido es tontoelhaba. Pero bueno, por algo se empieza ¿no? Por cierto, me está gustando la historia. Espero la siguiente entrega

Sergio dijo...

Llegó la caballería parapapapa...

laura dijo...

Creo que no te contesta porque tus comentarios no le importan demasiado...

Pitufet dijo...

Ya me parecía a mí que doce comentarios era algo raro.
Veo que las críticas llegan al blog sin demasiada argumentación, como bien dice Albert, y que las contestaciones guardan digna sutileza. Ahora bien, aun si me condenais a la hogera, debo de darle la razón, al menos, en parte. El estilo es el estilo, pero una historia no se hace con una simple historia, como bien sabrán los amantes de Tennessee Williams.

laura dijo...

Por supuesto que no te condenamos a la hoguera, las críticas constructivas son totalamente lícitas y enriquecedoras. A mí lo que me ha molestado es la falta de respeto hacia el esfuerzo ajeno.