Irreversible
El coche destartalado iba dando tumbos por la autopista y,
aunque no había tráfico, al intentar contactar con Eva, el policía desatendía
la carretera. Circulaba de un lado a otro y, en uno de esos vaivenes, se acercó
peligrosamente a la mediana. Decidió frenar en el arcén, necesitaba unos
minutos para recobrarse; la cabeza le latía a intervalos regulares y no era
capaz de concentrarse en lo que debía hacer a continuación.
Apagó el motor, respiró hondo y sacó el documento arrugado
de su bolsillo. Leyó con detenimiento el papel que tenía delante, le costaba
bastante debido al cansancio, las horas que llevaba bebiendo y la iluminación
macilenta que proporcionaban las farolas de la carretera. Su expresión era de
incredulidad absoluta, casi de dolor físico; como si alguien estuviese
presionando su pecho con un terrible peso del que no podía desembarazarse.
Comprobó de nuevo su arma, estaba cargada y a punto para disparar. La acarició
un instante y pensó que ese pedazo de metal era lo poco que podía servirle de
ayuda en la circunstancia en la que se encontraba. Volvió a intentar llamar
pero encontró el móvil desconectado, pensó que era lógico dado el horario y
decidió dejar un escueto mensaje en el contestador. Solo dijo: -Hasta siempre.
Gracias por todo.- No se le ocurría nada
más que decir pues su mente no iba más allá del papel que tenía delante.
Sacó su documentación, su placa y todo lo que llevaba en los
bolsillos. Lo dejó todo sobre el asiento del copiloto y lo observó
reposadamente. De la cartera extrajo la foto de familia que siempre llevaba,
cayó en la cuenta de que no volvería a ver a Marcos y que, probablemente, nunca
más estaría con ninguno de sus seres queridos. Más que tristeza era
incredulidad lo que sentía, un descreimiento que había arraigado en él desde
que los acontecimientos se habían precipitado hasta esa situación. Hizo un
breve repaso de su carrera, de su vida y la furia se apoderó de él hasta el
punto de golpear el volante con rabia. El claxon rompió el silencio y eso
pareció espabilarle, cogió sus pertenencias y las tiró al arcén por la
ventanilla; ya no era él, había cambiado. Su paciencia había terminado por
rebosar, estaba harto de ser un perdedor, alguien anónimo y sometido al imperio
de la ley que nadie respetaba. Si algo tenía en claro era que solo pagaban los
criminales menores, los tipos sin verdaderos escrúpulos que manejaban el mundo
estaban por encima de él y de cualquier normativa; ellos eran los verdaderos
caudillos de la sociedad, los que elaboraban los códigos a su antojo. A partir
de ese punto quería ser azote, deseaba desembarazarse de sus escrúpulos y
arrasar con la injusticia con la misma
moneda con la que se manejaba todo lo que conocía: con miedo.
Volvió a arrancar el motor, el vehículo escupió una nube de
humo blanco y cogió el primer desvío hacia el centro de la ciudad. No tenía un
plan realmente establecido pero algo bullía en él, una especie de impulso que
le empujaba en una dirección que, si bien no iba a solucionar nada de manera
radical, sí que iba a equilibrar la balanza o, al menos eso pensaba. Aparcó en
una calle del centro, un barrio de calidad donde todavía dormitaba la clase
media más acomodada. Recorrió unos cientos de metros andando y se apoyó contra
un árbol aguantando el frío de la madrugada, el cielo tenía un resplandor
azulado que indicaba que el sol estaba cercano a asomarse; no le quedaba tabaco.
Vigilaba un edificio, más concretamente una ventana que acababa de encenderse y
que le indicaba que la persona que esperaba estaba a punto de aparecer. Al cabo
de una media hora, cuando el alba ya había despuntado, una figura rechoncha
apareció en el portal y Vázquez se acercó. Encañonó al sujeto y este no se
sorprendió demasiado, más bien parecía no acabar de creerse lo que estaba
sucediendo.
-
¿Qué hace aquí, Vázquez?
-
Sígame, comisario. Y procure no provocar ningún
problema.
Después tomaron el camino hacia el coche del detective.
Nacho Valdés
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