lunes, diciembre 02, 2013

En el ángulo muerto Vol. 210



Conversaciones

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Gracias a su formación y experiencia tuvo la destreza para coger a la mujer del brazo y meterse con ella en la portería. La empleada, de una edad indeterminada que podría ir desde los cincuenta a los setenta, lo miró anodinamente y se dejó llevar dócilmente por el hombre que había intentado interceptar; no aparentaba preocupación. Cuando el detective Vázquez le indicó que era policía, la otra le dijo que ya lo sabía de sobra y que llevaba tiempo observando cómo vigilaba el edificio. Su tez se volvió blanca al instante, ¿habría puesto sobre aviso a don Manuel? Rápidamente, al ver la cara de su interlocutor, la portera desmintió esa posibilidad. Le explicó que simplemente se dedicaba a realizar su trabajo que, entre otras cosas, consistía en ver, oír y callar. Es decir, estar al tanto de todo lo que sucedía en la finca y sus aledaños. Y eso, por supuesto, incluía conocer todo lo relativo a los inquilinos y visitas.
El detective creyó intuir un brillo en los ojos de la mujer, las gafas desfasadas y cargadas de dioptrías no le permitieron comprobarlo a ciencia a cierta. Le pidió que le mostrase el camino hacia los trasteros que había visto desde el exterior, la portera le explicó que se trataba de pequeños estudios que, en algunos casos, habían sido unidos a la vivienda a la que pertenecían. Se trataba de unos estrechos reductos que, antiguamente, fueron utilizados para tener un espacio para el servicio o un rincón en el que refugiarse. De todas formas, se negó en redondo a hacer lo que le pedía, le explicó que podría meterse en un lío si permitía que cualquiera entrase y circulase libremente por ahí sin aclarar de quién se trataba. El detective sacó su placa, pensó que con eso sería suficiente, pero la señora, lejos de amedrentarse, le pidió una autorización para la supuesta investigación que quería llevar a cabo. Vázquez lo entendió a la perfección, se quedó un instante pensativo y sacó de la cartera un billete de cincuenta euros que su interlocutora guardó con avidez después de echar un fugaz vistazo alrededor. Le indicó que todas las semanas habría un billete igual si colaboraba, únicamente tenía que facilitarle la entrada al edificio a él o a su compañero e informar de cualquier novedad que pudiese darse en relación al inquilino del último piso. La portera negó con la cabeza, consideraba que eso era demasiado riesgo para tan escasa recompensa y volvió a extender la mano en busca de más dinero. El detective Vázquez, después de torcer el gesto, rebuscó en su cartera y sacó veinte euros. La mujer observó el billete con desaprobación y mantuvo la palma abierta a la espera de algo más, el policía repitió la operación y completó la cantidad hasta llegar a otros cincuenta euros. Por fin se dio por satisfecha, cerró la portería y salieron juntos.
Apresuradamente le aclaró que el edificio contaba con más entradas, por el callejón posterior podrían acceder discretamente al tratarse de la puerta usada para servicio y entregas. Por el módico precio de veinte euros podría conseguirle una copia de la llave así que, con cierta desgana y frustración, el detective volvió a buscar en su billetera cada vez más menguada de fondos. Fueron al acceso que le había indicado y le señaló un montacargas que podrían usar para pasar desapercibidos, así no tendrían que subir todos los pisos o utilizar el otro ascensor quedando expuestos a ser descubiertos. Se metieron los dos en el estrecho elevador y, aguantando el olor a rancio y cerrado que emitía la portera, llegaron hasta el último piso. El último tramo, aunque mínimo, tendría que hacerlo a pie y corrían el peligro de cruzarse con don Manuel o alguno de sus sicarios. Debía buscar alguna solución para esa contingencia. Por último, llegaron hasta la puerta del estudio que quería supervisar el detective. La llave estaba echada y tuvo que prometer otros veinte euros para lograr otra copia, el hombre sabía que estaba en manos de esa avariciosa anciana que no dejaba pasar ninguna oportunidad de sablearle. De manera excepcional, y puesto que ya había aflojado bastante dinero, la portera le abrió la cerradura y volvió a sus tareas para que Vázquez estudiase el espacio. Justo antes de entrar, un fuerte olor a humedad hizo que se lo pensase dos veces.

Nacho Valdés

1 comentario:

raposu dijo...

Esto de ser policía resulta ser carísimo...