lunes, septiembre 23, 2013

En el ángulo muerto Vol. 200



Tríptico
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Perdí la cuenta de las veces que leí el pequeño dossier publicitario que vendía las virtudes de la clínica, casi llegué a aprendérmelo de memoria pues no había nada más a mi alcance para matar el rato. Además, resultaba hipnótico por lo particular que resultaba. No es que en un primera lectura fuese llamativo, más bien, a fuerza de volver una y otra vez sobre él, acabó por despertar mi interés por lo extraordinario de su diseño. Los colores, la organización y sobre todo las fotos de los supuestos pacientes resultaban embriagadoras y desvelaban un ambiente tan idealizado que casi parecía ser obra de algún guionista de cine en estado de gracia. Todo era perfecto, las sonrisas, el pliegue de la ropa de los pacientes, la perspectiva utilizada para las fotografías de las instalaciones. Daban ganas de volver a ingresar y someterse a una nueva cura de desintoxicación aunque, estudiándolo con detenimiento, algo fallaba y no era capaz de deducir el motivo por el que todo lo que vendía ese papelito en principio inocuo parecía ocultar algo que me causaba una inquietud latente que no llegaba a explotar del todo; resultaba como una vaga intranquilidad que  se quedaba flotando sin llegar a materializarse. Supuse que no era capaz de descifrar los motivos de mi ansiedad debido a mi  regresión intelectual, de hecho tenía un profundo dolor de cabeza que se mezclaba con la ligereza que me había procurado el alcohol que había consumido.
Sin reparar en ello quedé sumido en un sueño liviano, me hundí en la butaca y por mi mente aparecieron imágenes difusas que conectaban con un terror profundo de procedencia indeterminada. Aparecía ante mí un corredor interminable repleto de puertas blancas a ambos lados, todas cerradas y reflectando una luz potente que provenía del techo. Yo deambulaba buscando una salida pero ese extraño pasillo se asemejaba a la línea del horizonte, cuanto más avanzaba más se retiraba el presunto final que se adivinaba a lo lejos. Mientras marchaba mis pasos sonaban sordos, como si fuese descalzo sobre un suelo blando que ahogaba cualquier sonido que no fuese el de una monótona sintonía que provenía del hilo musical y que penetraba en mi cerebro como un bucle sin final.
 Desperté azorado y desorientado, me había pegado a la butaca sobre la que reposaba y mi ropa estaba empapada por el sudor que había traspirado durante mi pesadilla. Me acerqué al mostrador y me di cuenta de que era de día, había pasado toda la noche en la misma posición perdido en los vericuetos de mi imaginación. Consideré que se trataba de una buena señal, parecía que volvía a tener cierta capacidad creativa aunque fuese de manera inconsciente. Me llamó profundamente la atención la recepcionista que estaba en el recibidor, era tremendamente parecida a la de la noche anterior aunque con las suficientes diferencias como para determinar que eran personas distintas. Aún así tenía el mismo pelo rubio recogido en una coleta, los mismos ojos azules inexpresivos y una belleza aséptica y lejana que le dotaba de un aire misterioso y hasta cierto punto extravagante. Volví a preguntar por algún responsable y volví a recibir las mismas fórmulas evasivas, en ese caso la excusa se encontraba en un supuesto congreso que había alejado al personal de mayor jerarquía de la ciudad. Exigí, como antiguo cliente, una explicación y una entrevista personalizada pero la mujer no era capaz de ofrecerme una fecha concreta; solo una sonrisa hierática plagada de dientes perfectos y de aspecto artificial. Llegó un momento ante mi insistencia en el que la muchacha repetía una y otra vez el mismo formulismo, como si no fuese capaz de articular una respuesta coherente que se escapase a la trillada batería de soluciones que me procuraba.
Salí estupefacto, algo no cuadraba pero estaba decidido a encontrar una explicación coherente al cúmulo de sorprendentes circunstancias que estaban produciéndose. Antes de atravesar la puerta de salida eché un vistazo a la recepción, la joven seguía estática en su puesto mirando hacia algún punto indeterminado que parecía encontrarse muy lejos de donde estaba sentada; fue en ese mismo instante cuando comenzó a sonar la melodía que había estado  repitiéndose en mi pesadilla.

Nacho Valdés

1 comentario:

raposu dijo...

Quizás debería haber ido a la pública...