miércoles, agosto 01, 2007

Nueva York sin queso ( Balas en la recámara)

De todas las formas posibles de querer tuve que elegir una todavía no usada por nadie.
Pisaba un terreno que ningún ser humano antes había visto. Cuando me entró el pánico intenté en vano dejar un rastro de migas de pan por si fracasaba en mi aventura, lamentablemente me di cuenta de que ya era demasiado tarde, ya no podía dejar de quererte de esta forma desconocida.
Poco a poco este amor subterráneo y feroz se fue apoderando de cada segundo de mi vida, de cada pequeño gramo de los otros amores que conservaba. Estos, asustados y cohibidos por el nuevo invitado, decidieron hacer las maletas y buscar otro refugio lejos de mí. La verdad, no los echo en falta.
Más adelante me encontré con el problema de saber trasmitir este descubrimiento al mundo. Yo, que antes pensaba que no se podía querer más de lo que ya lo había hecho, cómo tenía que actuar ahora frente a esta fuerza incontenible. Fue fácil. Como no desear cada curva de tu anatomía, como negar que los milagros a tu lado son el pan de cada día, como no dar rienda suelta a la locura, como no abrazarme a tus besos. Como puedo explicar al mundo que cada vez que abres los ojos reactivas mi vida e iluminas las zonas oscura de mi casa. Santa María de los Buenos Aires, que sería de esta casa sin tu compañía, donde me quedaría dormido, donde colgaría el sombrero, donde llegarían mis canciones. Podría escribirte millones de ellas y estoy seguro de que no acabaría de completarte.
Ahora sé por que de entre todas las formas de amar llegué a esta. No la elegí yo, fue ella la que vino a por mi, pues esta era la única forma de poder amarte. Las demás se quedan cortas, ni siquiera cubren el tramo principal. Fue como un traje hecho a medida.
Los daños colaterales de este amor son claros. El temor a perderte o a que alguien más pudiese llegar a concebir mi nueva forma de amar son males diarios. Son las cruces que tengo que cargar por tener junto a mi este diamante único. No puedo negar tampoco que de vez en cuando nuestro cielo se oscurece y trae tormentas, pero no son mas que tormentas de verano, pasajeras y cambiantes. Ninguna de ellas desmerece mi forma de quererte. ¿Cuántos buenos días me quedan por darte? ¿ Cuantas cicatrices más están esperando para que las sanes con tu varita mágica ?
El dolor de huesos que dejas después de amar es una medicina que renueva la esperanza.
Te miro y sigo pensando en una fotografía perfecta, en la mejor película del año o el single del momento. Cómo alguien como yo pudo llegar a tener semejante regalo es algo que jamás entenderé.

1 comentario:

Ivan dijo...

Increible, simplemente increbile.... que bonito tio !