lunes, junio 28, 2010

En el ángulo muerto Vol. 65


Encerrado

El recibidor de la Estación Central empequeñecía a todos los viajeros que, como pequeños insectos, deambulaban entre vestíbulos, corredores y dársenas. Se trataba de un caos ordenado en el que cada uno de los componentes sabía lo que tenía que hacer de manera casi milagrosa, como un fantástico engranaje formado por distintos recambios que solía funcionar sin contratiempos.
El agente Harris se sentía orgulloso de su trabajo, su procedencia humilde y sus muchos años en el cuerpo de policía hacían de él un raro espécimen de los muchos que por allí deambulaban. No es que fuese extraño que un negro fuese miembro del departamento de policía de Nueva York, pero era al menos curioso que alguien del Harlem y con una familia tradicionalmente dedicada al escamoteo, la trampa y la pequeña delincuencia hubiese tomado el camino de, como el decía, la ley y el orden. Después de tomar su café vespertino, subió a hacer la ronda empezando, como a él le gustaba, por los pisos superiores. Desde allí podía observar, sin ser visto, a los transeúntes que, a toda velocidad, atravesaban el vestíbulo.
Después de observar ensimismado se dio cuenta de algo que no era habitual, en el centro de la descomunal estancia un anciano estaba petrificado mirando los anuncios de las salidas. Consumió un tiempo prudencial durante el cual el hombre no se movió ni un ápice, parecía hipnotizado por los rótulos que iban marcando los diferentes destinos y horarios. Decidió bajar a ver qué era lo que le sucedía pues el horizonte se presentaba bastante tranquilo.
- ¿Está usted bien? – Preguntó.
El viejo, de un blanco casi cadavérico, le miró de arriba abajo sin decir palabra, fijó su vista en los brazos tatuados del agente y volvió de nuevo la cabeza, como ido, hacia los carteles.
- Perdone, ¿le sucede algo?
- Nada hijo, nada. – Contestó el viejo con un hilo de voz.
- ¿Ha perdido usted el tren? No se preocupe, podemos buscar otro con el mismo destino. – Dijo Harris confiando en que el hombre se hubiese despistado.
- No, no creo que me pueda ayudar. Solo estoy reuniendo valor.
- ¿Perdone? – Respondió el agente extrañado. - ¿Qué le ha sucedido?
- Todavía nada, pero estoy a punto de tomar una decisión. – El hombre se tambaleó ostensiblemente.
- Será mejor que se siente. – El fornido policía le acercó a un banco donde el viejo se sentó sin ofrecer resistencia.
- Estoy un poco mareado.
- No se preocupe, puedo llevarle al puesto sanitario o pedir una ambulancia para que le lleve a su casa.
- Lo que quiero es irme.
- ¿Adónde? ¿Cuál es su destino?
- Cualquiera, me da exactamente igual.
- ¿No tiene usted billete?
- No que no tengo es valor. – El agente no entendía nada.
- Explíquese y así podré ayudarle.
- Llevó ochenta y tres años encerrado en esta maldita isla.
- ¿Se refiere a Manhattan?
- Desde luego, a cuál sino.
- ¿Y adónde quiere ir?
- Ya le he dicho que a cualquier sitio. Aquí he nacido y nunca he salido de los límites de este pedazo de tierra, antes de morir quiero ir a algún lado.
- ¿Quiere que le saque un billete?
- No, me lo pensaré un poco mejor. Ya le he dicho que no tengo valor para enfrentarme a esto.
- Si quiere podemos tomar un café o algo y se lo piensa mejor.
- Está bien, pero antes debo ir al cuarto de baño.
- ¿Quiere que le acompañe?
- No es necesario, espéreme aquí.
Harris comprobó como el anciano caminó dubitativo en dirección a los aseos, espero varios minutos hasta que comprobó que el hombre no regresaba. Le buscó por todos los recovecos que conocía pero no fue capaz de dar con él. A mediodía le dio por perdido, en ese instante tuvo la seguridad de que no volvería a ver a ese personaje anónimo que había sido engullido por la gran ciudad.

Nacho Valdés

lunes, junio 21, 2010

En el ángulo muerto Vol. 64


Deberes

Termino la copa de un trago, el güisqui arde por mi garganta y llega a mi estómago como una excavadora que revuelve todo su contenido. Me sujeto el abdomen con ambas manos y retengo la arcada hedionda que lucha por abrirse camino; mi colega, acodado en la barra y con cierta guasa se ofrece a pedirme otro cubata más. Hago un gesto con la mano intentando frenarle pero es tarde, ya está hablando con la camarera y haciendo acopio de bebida.
Decido dejarle unos minutos e intentar despejarme, aprovecho para ir al baño. Atravieso el bareto plagado de gente empujando sin demasiado ímpetu a mi paso, voy solicitando paso pero nadie me escucha con el volumen de la música. Consigo llegar a la puerta, empujo pero está ocupado. El calor es sofocante y me refresco en el lavabo echándome un poco de agua en la cara, decido aguantar en el cuartito previo al aseo a pesar de la atmósfera cargante. Pasan los minutos, el tío que ha entrado antes que yo no termina de salir, me empiezo a marear. Me acurruco en una esquina para sujetar mi peso cuando el tipo sale abrochándose el pantalón; mala señal. Me sonríe aunque, al ver mi mirada perdida y mi cara pálida, borra el gesto.
Abro el aseo, el olor delata que el tío iba cargado, levanto la tapa y compruebo con alivio que al menos ha tirado de la cadena. Me desabrocho y antes de comenzar a mear me doy cuenta de que el anterior usuario ha dejado algunas manchas marrones en la taza, paso unos instantes observándolas y paso a la acción. Me concentro en la más grande de todas, comienzo a mear sobre ella y con la presión del primer impulso es arrancada de cuajo sin contemplaciones. Aguanto sin mear un segundo y busco a mi segunda víctima; ésta es un poco más pequeña pero está incrustada de forma tan contundente que dudo de que no lleve varios días de inquilina en ese sucio cuarto de baño. Arremeto con mi orín y resiste bastante más que la anterior, escucho uno de mis temas favoritos pero me da igual, el reto lo tengo ante mis ojos. El pegote acaba por rendirse, ha sido una dura lucha y prácticamente he descargado mi vejiga. Obturo la salida unos segundos y consigo un poco de presión extra para acometer las últimas salpicaduras que quedan desperdigadas por toda la loza. El sudor gotea por mi frente, creo que no voy a ser capaz de lograrlo pero aún así dirijo mi último chorro en dirección a los restos más visibles. La mayoría salen directamente, sin resistencia, aunque una de ellos sigue agarrada de manera increíble. Me quedo vacío, no hay manera de sacar algo más de líquido de mi interior. Con las últimas gotas, carentes de todo vigor y energía arremeto rabioso los últimos restos de los residuos intestinales del anterior ocupante del baño. Echo un última vistazo a mi labor, me encuentro mucho mejor y una especie de vaga satisfacción personal inunda todo mi ser. Termino por tirar de la cadena, las malditas manchas se aferran estoicamente a la superficie perfecta y pulida. Prometo mentalmente que volveré, que acabaré con ellas antes de que termine la noche.
Salgo al exterior, me lavo las manos disciplinadamente antes de volver al barullo que me espera con mi amigo. Regreso con una sonrisa en la boca, más ligero de los síntomas de acidez y con la seguridad de haber cumplido con mi deber. Sé que he hecho todo lo posible, pero con un par de copas más tengo la seguridad de que terminaré con mi misión.

Nacho Valdés

lunes, junio 14, 2010

En el ángulo muerto Vol. 63


Segundos

No sé cuánto tiempo llevo aquí, me da la impresión de que han sido únicamente unos segundos; un instante que ha pasado rápido, fugaz. Realmente no puedo tener la seguridad de nada de lo que ha sucedido, sigo aturdido y desorientado.
Dedico unos segundos a revisar mi cuerpo, me palpo hasta donde mis manos pueden llegar y no parece que ninguno de los dolores sea extremo. Tengo, más bien, la sensación de estar insensibilizado, como si mis terminaciones nerviosas hubiesen explotado llevándose por delante todo mi sistema sensitivo. Muevo los dedos de los pies, es algo que escuché hace tiempo que se debe hacer en estos casos, no hay ningún problema. Incluso, parece que estoy experimentando una sensación de paz y bienestar de la que nunca antes había sido testigo.
Miro el reloj del salpicadero y no distingo la hora, está destrozado por el impacto y la pantalla de cristal líquido es una mancha negra como la noche que me envuelve. Repaso mentalmente mis horas anteriores para intentar descubrir qué es lo que ha pasado: sé que estuve trabajando, que tomamos unas cervezas en un pueblo cercano y que fui de los primeros en irme. Decidí adelantar mi llegada tomando una de las pistas forestales que une los pueblos, me costaba concentrarme al volante y los párpados acusaban las horas extras que había echado. Recuerdo pensar en pararme, en dejar pasar unos instantes para despejarme, pero mi decisión fue la de llegar a casa y descansar. Después todo está borroso, me duele la cabeza y me cuesta concentrarme.
El coche echa humo, debe ser el radiador que está perdiendo agua sobre el motor. Está caliente, por lo que debo llevar poco tiempo atrapado. Un poco más despejado compruebo en qué posición he quedado, estoy bocabajo, suspendido por el cinturón de seguridad que evita que caiga contra el suelo. El habitáculo está deformado, el volante me oprime el pecho pero no es nada grave, soy consciente de estar entero. Pongo la mano en el techo para evitar golpearme la cabeza, suelto el cinturón y no me muevo, sigo atrapado contra el volante que ahora sí me aprieta demasiado. Siento una punzada de dolor en las costillas, algo profundo e incisivo, muy penetrante. Estiro los brazos en un intento de ganar espacio, empujo con todas mis fuerzas pero a duras penas consigo unos centímetros para poder dar una bocanada de aire. Aspiro profundamente y el dolor me desgarra, toso y escupo algo de sangre; no me preocupo, sólo quiero salir fuera.
Me quedo estático un instante, vuelvo a hacer presión con todas mis extremidades, el asiento se mueve. Continuo apretando, se escucha un crujido, el dolor me desgarra pero cede antes el coche. Ahora estoy sobre el techo, vuelvo a descansar y por primera vez la brisa fresca de la noche me despeja. Siento que algo me chorrea por la cabeza, debe ser sangre que no me molesto en limpiar. Milagrosamente el cristal de mi lado está impoluto, me arrastro hacia la ventanilla del copiloto e intento salir al exterior con grandes esfuerzos. Por ese lado la cubierta aplastada prácticamente no deja margen para que una persona de tamaño normal sea capaz de surgir, me rajo con los cristales rotos pero mi única pretensión es la de alcanzar la salida. Me agarro a los rastrojos de fuera y tiro con fuerza en un intento desesperado por liberarme, agoto todas mis energías y salgo a campo abierto.
Estoy un tiempo indeterminado tumbado, la noche me envuelve y comienzo a sentir frío. Me levanto e inmediatamente me vuelvo a caer, estoy totalmente destrozado, como si hubiese recibido una paliza. Los ojos vuelven a cerrarse por sí solos, a pesar de todo me siento más seguro. Miró las estrellas y comienzan a convertirse en manchas difusas, no soy capaz de concentrarme en nada. Cierro los ojos y me quedo profundamente dormido, lo último que pienso es que al día siguiente todo se resolverá.

Nacho Valdés

viernes, junio 11, 2010

A day in the life


Gustavo, te tenemos en nuestras oraciones nocturnas, diurnas y eternas.

Aguante Cerati


jueves, junio 10, 2010

Retratos Vol. 13

ÉSTA VIDA Y LA OTRA MUERTE

Yo solo quería entrar en otro cuerpo, sentir otra piel sobre la mía y no poder despegarme de ella durante algún tiempo.
Desaparecer dejando un rastro falso que llevase hasta esa persona que ya no soy yo.
Desandar el camino con unos pies que son y no son los míos.
Algunas visiones me ayudaron a hacerlo bien.
Otras lo único que consiguieron fue volverme literalmente loco.
He escuchado salir de mí una voz que no reconocía como mía...

En la mente divergente los espacios no existen...

Las manos de Sara están cubiertas de una amalgama de barro y sangre coagulada.
La pistola está sobre la cama, sola, muerta, abandonada.
Sara podría salir corriendo hacia el bosque o quedarse a ver qué pasa. Intentar convencer a la policía de que sus huellas no son las que han quedado dibujadas en el arma homicida, que ella sólo forma parte de una serie de confusas coincidencias, que a veces somos barcos sin un rumbo fijo o que eso es lo que creemos aunque probablemente ya esté todo escrito.
Todo en la habitación está roto o parece que se vaya a caer en cualquier momento. Tan roto como la vida que Sara no recuerda, tan roto con el pecho del cuerpo que yace en el sillón.
La cabeza de Sara desafía a la velocidad de la luz.
De pronto, un fogonazo de lucidez, un árbol en pie después del huracán.
¿Cuántas balas quedan?
Cómo saberlo si desconoce haber disparado alguna de ellas. Cómo no pensar en la vida que ya se ha ido como en una fruslería, algo parecido a un mal vestido de fiesta en el día de tu graduación.

Cuando el sol desplace su frontera de luz sobre el suelo todo habrá acabado. Las decisiones se habrán convertido en consecuencias.
Será la hora de decidir quiénes somos.

lunes, junio 07, 2010

En el ángulo muerto Vol. 62


Un momento de cincuenta años

La crónica negra española volvió recientemente a la palestra. La guardia civil de una alejada zona rural asturiana lo tenía claro, de hecho, ya sabían de los continuos enfrentamientos que habían tenido lugar durante las últimas décadas. La lucha llevaba más de cincuenta años de encarnizado enfrentamiento y, finalmente, se había saldado con la muerte de uno de los ancianos en liza.
Todo había empezado a principios de los años sesenta cuando, aprovechando el plan de regeneración rural del gobierno franquista, Manolo había decidido aprovechar las ayudas estatales y recorrer el camino inverso a la de la mayoría de sus contemporáneos. Fue desde la ciudad de Alicante hasta un pequeño pueblo de los Picos de Europa al que sólo se podía acceder mediante unas peligrosas sendas. No había más de cien vecinos que no recibieron a los recién llegados amistosamente; parte de las tierras comunales se dividieron en parcelas y una de ellas fue entregada al supuesto asesino para la construcción de su vivienda y para que contase con tierras de cultivo o pasto. Julián, uno de los vecinos autóctonos se sintió especialmente estafado y, viviendo como vivía, colindante con el terreno de Manolo, comenzó a hostigarle sin freno en un intento de echarle de la zona.
Manolo tuvo unos difíciles comienzos. A la falta de ayuda se unía la dificultad para recibir materiales para construcción, sus animales desaparecían misteriosamente y sus cultivos aparecían más de una vez arrasados por los animales domésticos de los demás. A esto se debía añadir el desconocimiento de las costumbres y la continúa animadversión que todos los habitantes mostraban hacía él. A fuerza de tesón consiguió organizarse y sacar adelante una pequeña vivienda junto con una mínima cantidad de reses que le daban para vivir sin complicaciones, los vecinos finalmente le aceptaron y se convirtió en uno más de los integrantes de la remota zona rural. Sin embargo, Julián continuó con su enemistad, seguía con su reiterado boicot que en ocasiones era más evidente y, en otras, se trataba de algo más sutil y sibilino.
Así fueron pasando los años, entre denuncias y continuos enfrentamientos. Manolo, finalmente, acabó totalmente integrado en la comunidad pues los vecinos morían o se iban a zonas urbanas. Compró algunas propiedades más y, a pesar de la lucha soterrada con la que tenía que lidiar, se sentía a gusto con la vida que llevaba. Únicamente se dedicaba a sus tareas, lo mismo que Julián, pues ambos eran solteros de solemnidad y difícilmente, a sus años, iban a lograr encontrar pareja en una zona tan alejada.
Acabaron siendo los únicos habitantes de la aldea, la mayoría de viviendas se fueron a la ruina y solamente sus casas se mantenían en buen estado. Los dos ancianos, lejos de unirse en la soledad, continuaron con su enfrentamiento y con las continuas denuncias que provocaban que tuviesen que verse en comisaría dos o tres veces por mes. Cada uno de ellos tenía sus hábitos engranados con los del otro de tal manera que, a no ser que fuese de manera casual, no tenían necesidad de verse.
Finalmente, en los últimos tiempos, parecían haber terminado con las continuas luchas. Según el atestado de la guardia civil hacía meses que no llegaban acusaciones y desde la comandancia llegaron a preocuparse por la falta de noticias después de tantos años. Decidieron echar un vistazo a la aldea, no encontraron a nadie y decidieron revisar las casas de los dos ancianos. La de Julián estaba en estado semiarruinado y con las puertas trabadas, al entrar en el interior se encontraron con el cadáver del hombre acostado sobre la cama. Tenía un disparo con postas de jabalí en el pecho y estaba perfectamente arropado entre las sábanas, por el aspecto del cuerpo llevaba semanas fallecido. Los agentes avisaron a la central y desplegaron un dispositivo para dar caza a Manolo, éste había salido con el ganado y a su regreso no opuso resistencia alguna. Durante el interrogatorio explicó a los cuerpos de seguridad que lo único que había hecho había sido cumplir la voluntad del finado que, según su testimonio, llevaba gravemente enfermo un tiempo y ya no tenía fuerzas ni para salir de la cama. Parece que finalmente fue la enfermedad lo que unió a estos dos antagonistas.

Nacho Valdés

miércoles, junio 02, 2010

La Radio Rota de Mr.K




Yo vine a este mundo para cantar

Andrés Calamaro publicó ayer ,1 de junio de 2010, su último álbum de estudio On the Rock tres años después del excelente trabajo “La Lengua Popular”.
Lo primero que llama la atención de esta nueva entrega del argentino es el amplio abanico de estilos que contiene.
Durante las doce canciones que componen el trabajo podemos escuchar: flamenco intelectual, rap narcótico, latin jazz, rock de estadio (casi heavy), rumba rock y baladas pop marca de la casa. Si anteriormente fueron la locura, las drogas y una catarsis personal los sustentos que llevaron a Calamaro a parir sus grandes obras, hoy es todo lo contrario, un estado de felicidad absoluto y un dominio del oficio inigualable. Andrés, conscientemente, ha decidido grabar este disco son su banda de directo habitual y con la que lleva girando más de tres años. Además, ha cedido la producción a su mano de derecha, Candy Caramelo, que conoce al Salmón desde los primeros tiempos de estancia en Madrid.

El disco se abre con un tridente de lujo formado por las voces de Andrés y Diego el Cigala junto a la personalísima guitarra del Niño Josele. Barcos es el nombre de esta maravillosa rumba sutil y sugerente. Un aperitivo exquisito y suave para el huracán que vendrá después.
El segundo tema Te extraño es uno de esos boleros que Andrés canta como si nadie hubiese cantado nunca antes. Acompañado en la retaguardia por la lengua guerrillera del Langui. Otra de las colaboraciones de lujo.
El primer rock del disco llega con un tema recuperado de la época salmónica El pasodoble de los amigos ausentes. Una temática bastante habitual en los textos de Andrés, los amigos que ya no están.
La lírica Calamariana tiene su primer Everest en Todos se van. Una melancólica mirada a todo lo que el tiempo se lleva. La guitarra sideral de Claudio Gabis hace el resto. Los otros rocks del disco son Flor de Samurái y El Perro, convertidos en descargas rabiosas del Calamaro más anti-sistema.
En el ecuador del disco alcanza a nuestros oídos la maravillosa Los Divinos single sabiamente elegido por la compañía para la promoción del disco. Una de esas melodías que las radios rezan para que les caiga del cielo.
Me envenenaste, tal vez próximo single, remite a esa rumba-rock que inventaron Los Rodríguez y luego todo Cristo copió con más o menos fortuna.
El jazz vocal se hace presente en Irremediablemente cruel con la estratosférica trompeta de Jerry González y las rimas siglo XXI de Calle 13.
Dos pesos pesados de la música en castellano aparecen en las últimas canciones del disco. Por un lado, Vicentico (Ex Fabulosos) dando swing a la cumbia Tres Marías, dedicada tal vez a la hija de Andrés. Enrique Bunbury se cita con Andrés para recrear el clásico de José Alfredo Jiménez “Te solté la rienda” con valentía y personalidad.
Para ir finalizando, solo decir que la distancia de Andrés Calamaro con el resto de músicos de nuestro idioma sigue creciendo hasta límites ya inalcanzables. Por poner un pero a esta nueva entrega del argentino nos podríamos quejar del exceso de colaboraciones que aparecen. Sin embargo, ¿Quién no sueña con grabar con Andrés?
He recurrido al Martín Fierro para titular esta crítica. Creo que nuestro Salmón se siente bien ahí.Demos gracias a la vida por tener la suerte de compartir época con tan grande artista.

Mr. K (Próximamente más)

lunes, mayo 31, 2010

En el ángulo muerto Vol. 61


El músico

El comisario entró en el estudio. El piano de cola ocupaba toda una esquina de la habitación, en el otro extremo un improvisado despacho estaba cubierto de papeles y partituras. El resto de la estancia era diáfano, como en una especie de abandono aseado.
- Este desorden contrasta con el resto de la mansión. – Dijo para sí. - ¿Cómo es posible que la baronesa permita esto? – Comentó con el mayordomo que le iba guiando.
- Señor, en este sentido no tengo nada que decir. Es la señora la que nos encarga qué hacer y cómo.
- ¿Olvida usted que está hablando con un policía? Tiene la obligación de contestarme.
- ¿No me diga? – Respondió provocador.
El agente encendió un cigarro, aspiró profundo y soltó el humo en dirección a los infinitos techos de la casona.
- Le rogaría que evitase fumar dentro de la casa.
- ¿No me diga? – Respondió guasón. - ¿Va usted a responder a mis preguntas o tendré que ejercer mi autoridad? – El hombre suspiró profundamente.
- Sí no queda otro remedio.
- ¿Cuál es el motivo por el que esta habitación está en este estado?
- La señora tiene cierta permisividad para con su hijo, podríamos decirlo así.
- Y resulta que lleva más de tres días desaparecido, ¿sabe usted si dispone de ingresos?
- El señorito no trabaja, únicamente se dedica a su música. Se trata de una obsesión por la que no recibe ningún estipendio.
- ¿Es la baronesa la que le empuja a este campo creativo?
- La señora procuró buscar una ocupación para su hijo cuando vio que difícilmente terminaría los estudios básicos.
- Por lo visto su señora no ha escatimado en gastos para la formación de su hijo.
- Ya le he dicho que la señora baronesa es muy generosa con él.
- ¿Seguía lecciones o su formación era autodidacta?
- El señorito tenía el día totalmente organizado en lecciones y trabajo. La señora era bastante estricta en este sentido.
El comisario se acercó al escritorio y movió ligeramente los legajos, observó el panorama y volvió a dirigirse al servicio.
- Parece que está todo tal cual, no parece haber desaparecido nada. ¿Cómo fue la desaparición del joven?
- Estaba ensayando, como todos los días, y a la hora de la comida ya no estaba.
En ese momento apareció la baronesa, iba vestida con ropa de montar y dejaba, con sus botas embarradas en las caballerizas, un rastro de desperdicios por la tarima. El servicio se apresuró a llamar a una limpiadora mientras que la dueña de la casa miraba al policía de arriba abajo.
- Buenas tardes señora. – El comisario se acercó a besar la mano que le ofrecía la mujer.
- Buenas tardes agente. ¿Alguna pista?
- Realmente pocas, pero creo tener claro lo que ha sucedido.
- ¿Podría usted, si es tan amable, compartirlo? – La mujer puso un gesto contrariado.
- No hay problema. La cuestión es tan sencilla como esperar unas cuantas horas. ¿De cuanto dinero dispone su hijo?
- No demasiado, se lo tengo estrictamente racionado.
- Pues en cuanto se le acabe volverá a casa desde el sórdido prostíbulo en el que se encuentre.
- Esto es ofensivo, ¿y si se trata de un secuestro?
- Probablemente su hijo se habrá secuestrado a sí mismo para perderla de vista durante unos día; no se preocupe, aparecerá antes de lo que se cree.
El vetusto agente encendió un cigarro y se dio la vuelta dejando a la aristócrata con la palabra en la boca, con una sonrisa dijo: - Si no está aquí mañana por la noche vuelva usted a llamarme. Adiós.

Nacho Valdés

jueves, mayo 27, 2010

A day in the life

Hello Hungry Hearts :

No tengo mucho tiempo para el blog desde que una pelotita ha entrado en mi vida. Sin embargo, no quería dejar pasar la actualidad mucho más tiempo y me he buscado un hueco para comentaros varias noticias.

- Esta semana Bob Dylan cumplió 69 añazos y, seguramente lo celebro tocando en algun páramo perdido de los Estates por donde continua el Never Ending Tour. Además, la edición americana de la revista Rolling Stone ha nombrado a Like a rolling stone como mejor canción de todos los tiempos.

- Durante estas semanas de ausencia se han publicado varios discos que merece la pena resaltar : Jaime Urrutia ha sacado "Lo que no está escrito", Ariel Rot "Solo Rot", Calamaro está a punto de publicar "On the Rock".
Me da a mi en el hocico que Mr.K no tardará demasiado en hacernos llegar sus críticas.

- Enrique Bunbury, actualmente de gira por los Estates, nos hace llegar el estupendo vídeo de la canción "De todo el mundo"




Más información en próximas entregas.

Besos

lunes, mayo 24, 2010

En el ángulo muerto Vol. 60


David volvió al lugar que ocupaba en la increíble procesión plagada de personas de todo las procedencias imaginables. En el suelo, sobre las esterillas, estaba María entre las piernas de la gente que la rodeaba. Algunos habían seguido su ejemplo y también se habían sentado, la nieve caía con más fuerza.
- Mira lo que te he traído cariño, comida caliente.
- Muchas gracias. No sé cuánto podré aguantar esto, me parece ridículo lo que estamos haciendo. – Dijo María al tiempo que de su boca salía una columna de vaho.
- Ya me contarás cuando logremos entrar. ¡Vas a alucinar! Me han dicho que no hay nada igual, desde que era un niño tenía ganas de venir, de ver al gran Johnny Guitar en acción.
- No sé que interés puedes tener en ver a un tipo que lleva haciendo lo mismo más de treinta años.
- Pues precisamente por eso, es una leyenda, el mejor concertista de toda la historia. Ya está mayor y no podía dejar pasar la ocasión de verle en directo, en una de estas se retira o se muere.
- ¿Cómo se va a morir de un momento para otro?
- Me dijo el tipo de la comida que pasó hace nada, que murió uno de los bajistas.
- Seguro que se trata del típico rumor para meterle más morbo a este asunto.
- Tú piensa que tocan sin interrupción durante horas, incluso, en ocasiones, durante días enteros. Los artistas luchan entre ellos por comprobar quién es el que tiene más resistencia o es capaz de tocar durante más tiempo sin descansar.
- Todo esto me parece una locura.
- Pues piensa que esto lleva lleno desde que inauguró el show en los años cincuenta, son más de tres generaciones que han disfrutado de multitud de músicos y estilos. Para mí es un sueño hecho realidad. Y todo sin interrupción, sin que en ningún instante dejase de sonar la música.
- En fin, si estoy aquí es por ti. A mí me resulta una soberana estupidez, tremendamente cara y sacrificada.
- Muchas gracias cariño, por hacer el esfuerzo.
- De nada, ya me lo cobraré de alguna manera, porque esto es la mayor locura que he hecho nunca.

La gente alrededor comenzaba a tumbarse, la noche había caído y el cansancio, tras días en la calle comenzaba a hacer mella. María se había dormido acurrucada en el hombro de David, éste comenzó a dejarse vencer por el sueño y cerró los ojos.
Les despertó la claridad de un nuevo día, la nieve no había llegado a cuajar y el cielo estaba despejado. Se levantó con una sonrisa y dejó que María fuese la primera en ir a los baños públicos para asearse, él mientras esperó comiendo unas galletas que tenía entre los víveres. Pensó que no estaría mal acompañarlas por un café, se tocó el pantalón y no encontró la cartera. Respiró hondo, comenzó a mirar por el interior del saco de dormir, en la mochila, en las bolsas, en la cazadora. Cada vez estaba más nervioso, no era posible, no podía ser después de tantos días.
Después de más de quince minutos llegó María con una sonrisa en la boca, David estaba tirado en el suelo con aspecto demacrado.
- ¿Qué es lo que sucede?
- He perdido la cartera y las entradas, todos los días que llevamos aquí no han servido para nada.
- Eres gilipollas. – María no dijo nada más, se dio la vuelta y dejó a David con cara de incomprensión rebuscando entre sus bártulos.

Nacho Valdés

lunes, mayo 17, 2010

En el ángulo muerto Vol. 59


Orquesta infinito

- Deberíamos intentar colarnos. Estoy harta de esperar y tengo frío, no sé cómo has podido convencerme para venir a esto.
- Tú me dijiste que no te importaba acompañarme, si hubiese sabido que ibas a ponerte así habría invitado a algún amigo. Mira, podemos hacer una cosa; la gente no avanzará hasta el próximo pase, podemos aprovechar el tiempo que tenemos y sacar los sacos para ponernos un poco más cómodos.
- Bueno, está bien.

David se agachó hacia la mochila que estaba a sus pies, comenzó a revolver en su interior y tiró con fuerza de una esterilla y el material necesario para hacerse un pequeño refugio entre la gente que abarrotaba la avenida.
- Métete dentro, yo mientras iré a por algo caliente para comer. – Comenzaba a nevar tímidamente.
- Date prisa. – Contestó María imitando la voz de una niña pequeña.

A la vera de la interminable línea de personas que se había formado aguardando la actuación, habían florecido infinidad de puestos callejeros que vendían productos para hacer más asequible la increíble espera. Algunos, incluso, habían logrado una permanencia estable montando el negocio en alguno de los locales de la avenida.
Lo habitual era pasar más de siete días a la intemperie, aguantando todo tipo de calamidades y luchando por el sitio que en cualquier descuido podía ser ocupado por cualquiera con un poco de malicia. Los negocios ilegales se habían hecho fuertes, y era habitual el pagar a tipos de dudosa calaña que aguantaban estoicamente el turno ajeno por un módico precio. Lo mejor era acceder por la zona especial, mas se hacía necesario haber sido invitado por alguien influyente. Ese no era su caso, deberían esperar como todos los demás por el que se decía era el espectáculo más grandioso que podía ser concebido por el hombre.

- Me pone un par de bocadillos, por favor.
- No hay problema amigo. ¿Quiere algo de beber?
- Si tiene alguna sopa o algo caliente.
- Por supuesto. – El hombre del puesto se puso a trabajar en el encargo, de soslayo miraba a David. – Así que viene usted al concierto.
- Así es. – David estaba ligeramente malhumorado por la discusión que había mantenido con María.
- Dicen que es una maravilla de show…
- Eso dicen, pero realmente lo de esperar en la calle durante días está empezando a cansarme.
- Yo cuando vine me pasé más de quince días en la calle, en verano y con un calor sofocante. – La cara de David mantenía una expresión escéptica. – No me diga. – Contestó.
- Pues sí, fue a finales de los setenta, cuando se llevaban los rollos funkies y toda esa historia. Esperando conocí a mi mujer y decidimos instalarnos aquí mismo. Ahora creo que el rollo es más popero o algo por el estilo.
- ¿A qué se refiere con lo que ha dicho de instalarse aquí?
- Pues que montamos este negocio y vivimos de las migajas del concierto, no tiene ni idea de la cantidad de dinero que llega a manejarse alrededor de los músicos.
- Eso sí que es convencimiento. – David comenzaba a estar ansioso por marcharse junto a María.
- Y usted que lo diga. Quizás tenga suerte y suceda algo excepcional, el otro día dicen que murió un bajista durante la actuación, supuestamente llevaba tocando días sin descansar, sin permitir que le relevasen.
- La verdad es que no había escuchado nada.
- Ese tipo de informaciones no suele salir de aquí, lo normal es que se finja que no ha sucedido nada y que se continúe con el concierto sin darle mayor importancia.
- ¿Cuánto le queda a la sopa?
- Ya la tiene usted. – David sacó la cartera y pagó al personaje que ya comenzaba a cansarle. – Espero que se lo pase usted bien, si vuelve por aquí ya me contará. – Se despidieron con un movimiento de cabeza.

Nacho Valdés

lunes, mayo 10, 2010

En el ángulo muerto Vol. 58


Recién llegado

Cuando conseguí recostarme en la butaca mi cuerpo crujió ostensiblemente, un cansancio inabarcable inundó todo mi ser y cerré los ojos durante un instante. Cuando volví a abrirlos, convencido de que tan solo unos segundos habían transcurrido, la luz de la tarde había desaparecido. Era noche cerrada. Comprobé la hora y caí en la cuenta de que había dormido profundamente, casi sin reparar en los acontecimientos que se habían sucedido a un ritmo desenfrenado. Digo casi pues me habían asaltado diferentes sueños que no lograba recordar con nitidez, únicamente me habían dejado un extraño regusto parecido a una sensación de inseguridad.
Me acerqué a la cuna en la que descansaba el bebé, en las pocas horas de vida que tenía ya había logrado conquistarme sin proponérselo. Se me humedecieron los ojos y me sentí tremendamente orgulloso, como responsable de la belleza de la que era testigo en la penumbra. Observé a la madre, había tenido un parto complicado y estaba agotada. Su respiración y la del niño estaban acompasadas, parecían seguir conectados por una especie de cordón umbilical invisible que yo no acababa de ver. Me quedé unos minutos de pie, embelesado, con la mente fija en percibir todos los rasgos de su pequeño rostro. Concentrado en seguir todos los gestos y movimientos que tan novedosos me resultaban, tenía la impresión de que si pestañeaba me perdería algo importante y fundamental.
Llevaba sin comer horas y todas las novedades y visitas que habíamos sufrido hicieron que se despertase mi apetito, pensé que podría acercarme a una de las máquinas de recepción y comprar algo que llevarme a la boca. Salí de la habitación al pasillo mal iluminado. En maternidad, durante la noche, únicamente las luces de emergencia y algún fluorescente quedaba conectado. Avancé en dirección a la entrada de maternidad por los corredores vacíos por los que resonaban mis pasos, ningún sonido, salvo algún llanto apagado se escuchaba en todo el edificio.
La maquina repleta de comida provocaba a su alrededor un resplandor casi cegador, saqué unas chocolatinas y volví a la habitación. Caminé a paso rápido y me metí en el cuarto. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en la butaca que había utilizado me di cuenta de que había otra persona, un hombre mayor que roncaba imperceptiblemente. Quedé paralizado frente a él, sin saber qué hacer. Miré la cuna y vi que no era mi hijo el que descansaba en su interior, tampoco la madre era conocida por mí. Froté mis ojos sorprendido y me espabilé inmediatamente, el primer impulso era el de despertar a esos extraños y pedir explicaciones, pero reflexioné en silencio unos instantes. Llegué a la conclusión de que me había equivocado, que era no era la habitación que tenía asignada, así que de puntillas me alejé intentando no despertar a nadie. De vuelta al pasillo estaba totalmente desorientado, volví sobre mis pasos y regresé a la luminosidad de la máquina. La recepción estaba desierta y la oscuridad del edificio no presagiaba que pudiese encontrar ayuda, me sentía ciertamente inútil. Las emociones del parto, de la llegada de mi hijo hicieron que no reparase en el número de la habitación ni nada por el estilo.
Regresé por el camino que había recorrido somnoliento, intentando concentrarme en recordar alguno de los detalles que me permitirían encontrar la ruta de regreso. Todo me resultaba igual, no había en ese edificio institucional nada que destacase, mismo color, mismas puertas, mismo panorama. Me presenté ante dos puertas contiguas con el convencimiento de que una de las dos sería mi destino; abrí la que me parecía más probable y penetré furtivamente. Dos ojos que miraban asustados desde la cama frenaron mi avance, me había equivocado y la mujer que descansaba después de su parto estaba a punto de gritar. Hice un gesto pidiendo perdón y salí de nuevo al exterior. Sólo podía ser el cuarto contiguo, abrí esperanzado y encontré el panorama que había dejado unos minutos antes atrás. En mi expresión se cruzó una sonrisa, aunque antes de volver a mi sitio, salí a la puerta para memorizar el número de habitación.

Nacho Valdés (Dedicado al jovencísimo Marc y a sus abnegados padres)

martes, mayo 04, 2010

A day in the life





La supuesta disputa entre Joni Mitchell y el bueno de Bob es el eje central del artículo de Diego A. Manrique esta pasada semana en El País. Y es que los artistas no tienen sentido del humor...


Por otro lado en la sala Sotheby’s de Nueva York, se subastará próximamente el manuscrito de A day in the life de John Lennon.

lunes, mayo 03, 2010

En el ángulo muerto Vol. 57


Recuerdos de un viaje

- ¿De dónde viene?
- El vuelo salió de Medellín.
- ¿Algo que declarar?
- Nada.
Roberto atravesó el detector del aeropuerto, a paso decidido se dirigió hacia la salida libre. Le cerró el camino un tipo vestido con unos vaqueros y una camiseta, un cualquiera en el que no había reparado. De forma discreta, después de sacarla del bolsillo trasero, le mostró una placa de policía. – Sígame – dijo amablemente.
Le llevó a una sala adyacente al exterior, las paredes de material prefabricado dejaban pasar el griterío de emoción de los familiares que recibían a sus conocidos. A él le sentaron en uno de los asientos, similar a los muchos que había por la terminal, y le hicieron esperar unos minutos interminables mientras comprobaban una y otra vez su pasaporte. El tipo que le había llevado a la comisaría le hizo una indicación para que se acercase al mostrador, colocó encima su maleta y comenzó el registro.
Todo parecía estar en orden, la ropa interior, unas zapatillas cómodas, unas camisas, el neceser… - ¿qué hacía por Colombia? – preguntó el agente.
- Estaba visitando a un amigo.
- He visto que únicamente se ha pasado tres días en el país, una visita rápida. ¿No?
- Nos habíamos visto hacía poco.
- Entiendo.
Con gran habilidad el policía comenzó a palpar los forros del equipaje, su cara mostraba expresión distraída, como si estuviese pensando en otra cosa mientras miraba hacia el techo. Una y otra vez pasaba sus manos expertas por el interior, se detenía unos instantes imperceptibles y continuaba como canturreando una canción. Marcó con un rotulador una de las zonas y dejó a Roberto unos segundos, un momento en el que miró con ansiedad la salida, la puerta que le permitiría entrar en el país. El tipo regresó con aspecto sonriente con una pequeña navaja en la mano, rajó la tela que cubría el interior y la sacó impregnada en algo pringoso.
- Ahora vamos a hacer el narcotest, es algo muy sencillo. – Dijo hablando solo.
- De acuerdo – contestó Roberto con un hilo de voz.
Agitó un spray y lo pulverizó sobre una tarjeta de plástico blanco, pasó a continuación el filo de la navaja e inmediatamente comenzaron a extenderse rastros azulados. – Esto contiene cocaína, ¿lo sabía usted?
- Pues no tenía ni idea – contestó con seguridad.
- Pues tendré que detenerle hasta que se solucione este asunto. ¿Recuerda usted que manipulasen su equipaje?
- No tengo constancia, aunque recuerdo que la noche anterior a mi salida estuvimos tomando unas cervezas y copas.
- ¿Y qué tiene que ver con lo que le he preguntado?
- Quizás esa noche, en mi ausencia, alguien manipuló mis cosas y metió esto en el forro – señaló con el dedo la maleta-.
- En fin, lo que vamos a hacer es hablar con mi superior. Si no le importa, por seguridad, debo esposarle.
- Lo entiendo.
Con gran amabilidad el agente le indicó que se volviese a sentar, le pidió que extendiese la muñeca y cerró las esposas en torno a su muñeca y al apoyabrazos metálico. – Será sólo un instante, ahora mismo vuelvo – dijo el policía mientras desaparecía por una de las puertas interiores. Roberto asintió tranquilamente y se recostó.
En cuanto se quedó solo comenzó a mover la mano frenéticamente, de un lado a otro aunque sin ninguna esperanza de liberarse. Sorprendentemente el armazón metálico de los asientos cedió, la barra de acero lateral se rompió por la zona de la soldadura. Roberto sacó las esposas, metió su mano en el bolsillo de la cazadora para disimular la arandela metálica de su muñeca y salió por la puerta que le devolvía la libertad. Como si no fuese con él caminó tranquilamente y levantó la mano para pedir un taxi, dio una dirección y se alejó rápidamente, ya habría tiempo de preocuparse por el pasaporte falso que había entregado.

Nacho Valdés

viernes, abril 30, 2010

A day in the life

En el pasado mes de diciembre, más concretamente el día de Navidad, nos dejaba solos Vic Chesnutt, uno de los más grandes cancionistas americanos.
El compositor, postrado en una silla de ruedas desde los 18 años será recordado en varios conciertos en ciudades españolas.
Mallorca, Barcelona, Valencia y Madrid son las elegidas. Todo el dinero recaudado ira destinado a la viuda del músico.
La lista de bandas que participan en el homenaje es de alto nivel. Sin duda será un buen momento para recordar esas canciones atemporales que el bueno de Vic nos dejó.

Desde C.H no te hemos olvidado...

jueves, abril 29, 2010

Retratos (Vol. XII)

¿Qué extraña fuerza guía tus manos por encima de las teclas blancas y negras?
¿Cuántas cuerdas vocales se te han partido en dos?
Seguro que no tantas como noches perdidas y puertas cerradas.

¿Cuántas veces se han recompuesto nuestras partes rotas para más tarde convertirse en malos recuerdos y finalmente en buenas canciones?
El viento me trae tus cantares aquí al borde del Turia, donde el tiempo es una carrera sin fin hacia el olvido.
Me llega tu alegría como un susurro con vocación de alboroto, como una pena que ya no apena nada.

Soy más feliz desde que escucho latir a la tristeza como un sonido pregrabado.
La ciudad de tu Chica de ayer sigue todavía dando la espalda al mar
Al igual que a ti, a mí siempre me curaron las canciones…

Siempre me curaron las canciones
Siempre me curaron las canciones
Siempre me curaron las canciones


Para Antonio, con retraso.

lunes, abril 26, 2010

En el ángulo muerto Vol. 56


Reservado

El conductor se metió por una de las callejuelas de la sucia ciudad, le pregunté en inglés que adónde se dirigía. Me hizo unas señas mezclando mandarín con inglés y creí comprender que habíamos llegado a nuestro destino, estacionó frente al portón metálico de un garaje y a los pocos segundos un par de chinos estaban abriéndonos paso. Con una sonrisa plagada de manchas oscuras pareció indicarme que nuestro viaje había terminado. No me di por aludido, me quedé con cara estúpida en mi asiento esperanzado en que la situación variase y me llevase a la fábrica que supuestamente iba a visitar. Me dijo a duras penas, con un inglés más que defectuoso, que éste era nuestro destino. Agarré mi maletín y salí al exterior.
Esperando a pocos metros estaban los solícitos orientales que habían abierto la puerta, parecían esperar alguna señal de mi parte, como si no se atreviesen a saludarme si yo no daba el visto bueno. Evité la suciedad que se amontonaba a mi alrededor y tendí mi mano al primero de ellos, su cara se iluminó con los pocos dientes que le quedaban; el otro esperaba su turno para mostrar su hospitalidad, ambos me dijeron algo que no alcancé a entender. Me encontraba un tanto aturdido por el viaje, por lo que le pedí al chófer que les pidiese explicaciones de cuál era el motivo de nuestra presencia en ese sórdido callejón. Solícito se dirigió a los que nos habían recibido y estos comenzaron a sonreír y, en apariencia, dar explicaciones. Me dijo que debía ir con ellos para que me llevasen con el dueño de la factoría que había ido a visitar, le pedí que me acompañase y, tras acordar una nueva tarifa para sus servicios, accedió.
Atravesamos entre sonrisas y algún que otro empujón para que apurase el paso esa parte de la ciudad, a los cinco minutos de haber partido ya estaba completamente desorientado. Tenía la vaga impresión de que lo que deseaban era confundirme, darme un par de vueltas para que no fuese capaz de pedir ayuda cuando me asaltasen. Alejé esas ideas de la cabeza e intenté concentrarme en la búsqueda de referencias por si se daba el caso de que necesitase huir. Tras un tiempo indeterminado, durante el que vagué tras mis anfitriones, llegamos al que parecía ser nuestro destino. Se trataba de una casa de tres alturas en estado de semiabandono, un rótulo escrito en caracteres orientales parecía indicar que se trataba de un restaurante o algo parecido.
Entré con decisión, esperando encontrar a alguien que me recordase la forma de hacer las cosas en occidente, en su lugar me vi en un local vacío aunque extrañamente ordenado y aseado en comparación con el exterior. Me empujaron a una habitación que estaba en la parte trasera, una especie de reservado en el que me esperaban unos chinos trajeados entre los que reconocí el dueño de la factoría. Todos se levantaron en cuanto me vieron, me estrecharon sus manos cuajadas de sonrisas y me ofrecieron un asiento. El chófer se había quedado fuera y el resto sólo hablaba mandarín, gesticulando me indicaron que eligiese algo de beber. Me cargaron el vaso de cerveza, que al menos estaba fría, y comenzaron a brindar sin parar al tiempo que me ofrecían todo tipo de platos extraños. Intenté entablar una conversación en todos los idiomas que conocía pero no resultó posible, únicamente me obligaban a comer y beber sin tregua. Perdí la noción del tiempo y, más tranquilo, me abandoné a la singular situación en la que me encontraba. Todos parecían pasárselo en grande mientras no paraban de salir platos de la cocina, comían sin parar y me obligaban a brindar con la aparente intención de que me lo pasase en grande. Incluso, cada cierto tiempo, asomaba una cara oriental por la puerta para observarme con expresión sorprendida.
Al cabo de lo que a mí se me antojó una eternidad, durante la que no me dejaron ni un instante de tregua, todos se levantaron de la mesa y, sin previo aviso, salieron al exterior. Sin que nadie me hiciese ninguna señal les seguí fuera, las risas habían cesado y comenzaron a caminar a buen ritmo. Fui detrás de ellos, atravesamos la calle y acabamos en una especie de despacho trasnochado en el que me ofrecieron uno de los mejores sitios. Me pusieron un té ardiendo y un intérprete que habían contratado comenzó a mediar en las negociaciones, la ligera indisposición que arrastraba por el alcohol se disipó con la bebida caliente. Acababa de aprender cómo hacer negocios en oriente.

Nacho Valdés

viernes, abril 23, 2010

Retratos (Vol. 11)

FRONTERAS

Los besos son la frontera de dos bocas que se unen en un instante preciso.
Mínimos espacios de calma y placer.
Yo quiero hacer desaparecer las fronteras, incluso la de las bocas y los besos.
Quiero estrellar mi país con el tuyo.
A fin de cuentas, una frontera, no es más que el límite que separa tu cuerpo del mío.

No quiero ser la mitad de una mitad tan delimitada.
No quiero una media naranja.
Lo que deseo es un campo entero de flores salvajes.

Tú pintas en el suelo líneas infinitas.
Yo paso la noche buscándote en los dos lados que creas.

Tu media cara es una luna entera sin nubes que la cubran.
Yo solo soy el que cruza las barreras pidiendo asilo y medicinas.

En la próxima vida quizás estaré al otro lado de la frontera, perdido aunque
seguro de haber encontrado al fin una meta.

lunes, abril 19, 2010

A day in the life


Hoy cumple 50 años el señor Ariel Rot. No hay nada más que decir.

En el ángulo muerto Vol. 55


La perla de oriente

El coche destartalado parecía a punto de explotar; los bajos casi rozando por el sobrepeso, la velocidad prácticamente nula en las cuestas y los bultos asomando por todos los espacios. A su paso iban dejando una nube de humo negro que delataba que el motor estaba dando los últimos estertores, Wang tenía fe en que llegarían a la ciudad, que su vetusto vehículo aguantaría hasta Shanghai. Acometieron un repecho, con suma dificultad lo coronaron y el coche pegó una especie de estallido del esfuerzo. Quedó clavado en la carretera. Miró al asiento trasero donde estaba su mujer embarazada y le sujetó la mano con fuerza, después salió y empujó hasta el arcén.
Abrió el capó y se dio cuenta de que no había solución, el aceite quemado escapaba del motor, algo se había roto y era consciente de que no tenía arreglo. Antes de darle la noticia a su esposa miró hacia la ciudad, estaba sumida en una especie de bruma parte polución y parte la neblina que llegaba de la bahía. Pero entre todos los edificios sobresalía uno, la torre de la televisión que era lo que le había impulsado a viajar de su remoto pueblo hasta la gran urbe. Lo había visto en imágenes y había quedado impresionado, era el orgullo del gobierno chino, una de esas obras de ingeniería que provoca la satisfacción del pueblo.
Consideraba que si querían prosperar tenían que emigrar a una zona con oportunidades, a un lugar en el que el único futuro no fuese labrar los campos. Lo habían dejado todo para el último instante, habían ahorrado lo que habían podido y dejaron atrás la casa familiar plagada de recuerdos. Vivían de los campos, del cultivo, una vida dura que había provocado que el padre de Wang no llegase a viejo. Murió con la espalda encorvada, con las manos trituradas y soñando con una vida mejor que estaba empezando a despertar algunas zonas de China.
Volvió al coche, su mujer respiraba con agitación, le miró con preocupación pidiendo ayuda. Sacó los bártulos que poblaban el asiento trasero, y ayudó a que se recostase, le sujetó la cabeza unos instantes sin saber qué hacer. Miró a su alrededor y el paisaje le resultó yermo, vacío, sin nadie en kilómetros a la redonda. Sacó su teléfono pero no sabía a quién llamar, no conocía el número de emergencias y se sentía perdido lejos de su pueblo. En breve comenzaría a refrescar, la noche estaba cayendo y decidió buscar protección para su mujer. Vació el maletero, sacó todas las maletas y pertenencias y montó una especie de barricada frente a la puerta del vehículo y en aquellas zonas en las que pudiese entrar el frío, sacó sábanas que le había regalado su familia y las puso bajo su esposa.
Nunca había asistido a un parto pero intuía que no podía faltar mucho, le quitó la falda que llevaba y comprobó alarmado que la situación se aceleraba. Su mujer intentó tranquilizarle, aunque los dolores provocaron que estallase en gritos. Wang no sabía qué hacer, sólo podía mirar y aguantar el brazo de su mujer en un intento de tranquilizarla. Ella se aferraba como si tuviese garras, se sujetaba a su antebrazo hasta levantarle la piel. Empezó a respirar con ritmo, con bocanadas enormes y los ojos abiertos como platos. A pesar de resultarle increíble, Wang estaba siendo testigo del nacimiento de su primer hijo; aprereció la cabeza lentamente y dio la impresión de atascarse, nervioso no sabía si agarrarla, esperar o cómo actuar. Se limitó a rodear el cráneo con las manos, esperando que asomase un poco más y que no cayese al suelo. Con el ritmo respiratorio parecía emerger, era como si cada bocanada de aire empujase al bebé. Parecía estar de nuevo atorado, pero un empujón provocó que el recién nacido, prácticamente entero, saliese hacia las manos de su padre. Sin ni siquiera contar el cordón lo envolvió en la sábana y se lo entregó a la madre que parecía estar tranquila, como con una especie de mueca de felicidad. Echó un vistazo al sexo del bebé, era un varón. El rostro de Wang se vio surcado por una sonrisa, era el primer niño de la familia que crecería en la ciudad.

Nacho Valdés

viernes, abril 16, 2010

Retratos (Vol. 10)

Luces de Emergencia Intermitentes


El humo sale de las alcantarillas como si la ciudad tuviese en sus entrañas un fumadero de opio. Las farolas, emitiendo su apagada luz amarilla, sirven de terapia de acupuntura para los cuerpos muertos de las avenidas. Todas las mitades siguen partidas en dos.

En la última esquina alguien ha dejado una caja de madera con algunos objetos personales: camisas, corbatas, unos cuantos folios arrugados, libros, fotos … detalles de una vida desconocida al alcance de cualquiera.

La ciudad es un campo de aficionados a detective.

Recuerdo en mi cabeza las cosas que he perdido y ninguna de ellas está en la caja. Un mal sueño repetido hasta el delirio, una cárcel cubierta de naranjos, las playas desiertas del invierno, los pasos mojados y la vida absoluta.
Todo eso es lo que yo he tenido.

Suenan sirenas espantando al verano. Caen las primeras gotas sobre los músicos vagabundos. Empiezo a tener frío.

Pierdo sin fe la convicción de conservar intacta la multitud entre mis manos.

jueves, abril 15, 2010

A day in the life

Así suena lo nuevo de Andrés : Los Divinos. El próximo disco "Calamaro on the rocks" verá la luz el 1 de junio.

martes, abril 13, 2010

A day in the life

Rot is back to the city.....

En el ángulo muerto Vol. 54


Baile

Hacía años, desde que había fallecido mi mujer, que no sentía nada parecido. Fue como si el estómago se me revolviese, parecido a revivir las sensaciones de la pubertad durante las cuales el cuerpo no responde y se descompone de forma arbitraria. Me intenté tranquilizar, pensaba que ya no estaba para ese tipo de situaciones, pero me resultó imposible. Ella estaba en la otra esquina del baile, yo había acudido como casi todos los viejos del pueblo, a pasar el rato y la tarde sin nada mejor que hacer que quejarnos en silencio. A esa hora del día, todavía temprano para los jóvenes, sólo los ancianos nos habíamos acercado a la plaza. Los más osados se reían y hacían como que bailaban un pasodoble sobre el árido y ardiente adoquinado, yo rebuscaba en mis bolsillos en pos de algo de dinero para tomar algo fresco. Era inútil, sabía que no tenía nada, pero cuando te haces mayor te vuelves maniático y haces las cosas mil y una veces. Como suponía tuve que conformarme con el caño de la fuente.
Me habían dicho que iban a venir de los pueblos de la zona y, aunque no tenía ninguna pretensión, estas novedades siempre resultan curiosas. Al principio ni la vi llegar, no reparé en las personas que se habían agrupado en una esquina y que tímidamente parecían no atreverse a mezclarse con los del pueblo. Repentinamente el corazón me dio un vuelco, se me desordenó el cuerpo y tuve que bajar la mirada. No era capaz de echarle ni un vistazo, me sentía como un adolescente, como un chiquillo muerto de vergüenza. Me acerqué disimuladamente, dando una vuelta en torno a las mujeres que habían cerrado filas y de soslayo eché un ojo fugaz. Ella reparó en mí, aguanté sus ojos verdes y me fui acobardado al banco que ocupaba en la otra esquina.
Dejé pasar unos instantes mientras el sol iba ocultándose y el viento fresco inundaba el valle, algo comenzó a latir en mi interior alimentando mi amor propio. Decidí no amilanarme y lanzarme, no dejar pasar una de las pocas oportunidades que me quedaban para disfrutar la vida. Me acerqué a su grupo mientras la orquesta sonaba, recuerdo que las mejillas me ardían y tremendamente ruborizado, como si fuese un chiquillo, le pedí un baile. Ella miró esquiva a sus amigas que comenzaron a reír por la invitación, yo me mantuve impenitente al tiempo que alguna de ellas la animaba a salir a la pista. Finalmente accedió y mi cuerpo dio un vuelco, creo que incluso me mareé ligeramente.
Durante los primeros compases mi cuerpo estaba rígido, tenso, aunque el contacto con un cuerpo femenino, cosa que no me sucedía desde hacía años, comenzó a hacer mella en mi sensibilidad. Su olor, la suavidad de su piel y la profundidad de su mirada me hicieron rejuvenecer, fue como volver a una época que pensaba que ya había clausurado y dejado atrás. Definitivamente nos dejamos llevar a la luz de los faroles de la plaza, acabamos hablando hasta que se hizo noche cerrada y la música cesó. Los dos estábamos absortos, imbuidos en un estado de nervios que los viejos como nosotros no acostumbrábamos a sufrir. Nos contamos nuestras historias y confidencias, nos escuchamos y nos cogimos las manos. En unas horas desarrollamos una especie de vínculo, una confianza que no esperaba encontrar en esa verbena.
Una de sus amigas vino a llevársela, su autobús volvía a su pueblo y tenían que partir. Ambos estábamos solos, sin nadie que nos esperase en casa, pero me acobardé a la hora de pedirle que se quedase en mi casa. Toda una vida educados para evitar las pasiones pesa demasiado a la hora de tomar decisiones, además habíamos vivido unos momentos mágicos que probablemente se rompiesen en pedazos si íbamos más allá. Nos miramos a los ojos y decidimos tácitamente quedarnos con el recuerdo, con la emoción de lo que no fue y podía haber sido. Nos despedimos con un abrazo y juramos que nos volveríamos a ver, cuando se alejó de mi lado echó un último vistazo al anciano que dejaba a sus espaldas. Nunca más volvería a ver esos ojos verdes que me arrebataron el corazón, me quedé unos instantes escuchando los sonidos del bosque y me fui para casa.

Nacho Valdés

lunes, marzo 29, 2010

En el ángulo muerto Vol. 53


Espera

Los días pasaban lentamente, con el único entretenimiento de comer, ver la televisión o distraerse con las ridículas actividades que los monitores nos preparaban. Algunos, incluso, esperaban con ansiedad el domingo para que el párroco local diese la misa. Éste sí que era uno de los acontecimientos cumbre. Yo prefería la vida solitaria o bien la lectura en mi habitación o en el salón de juegos, tenía algunos allegados, incluso me llevaba bien con la mayoría, pero la verdad es que todos tenían esas manías de viejo que tanto me irritan. A la única locura en la que me he visto arrastrado es en la de temer la muerte, a mi edad eso puede suceder en cualquier instante; la parca no avisa a nadie.
Nos habían prohibido acercarnos a su habitación, en la residencia eso era una mala señal y, peor aún, si no lo trasladaban al hospital. Cuando sucedía esto sabíamos que el triste final estaba por llegar, que un compañero no tardaría en irse. Estos acontecimientos me ponen en un estado de nervios increíble, no soy capaz de dormir, ni de concentrarme. En esta ocasión se trataba de algo más grave, no era únicamente la presencia de la muerte, cosa más o menos habitual, si no el hecho de que el tránsito estaba destinado en esta ocasión para un amigo. Desde que comprobé que no había asistido al desayuno, moví mi maltrecho cuerpo por todo el centro en busca de una explicación, todo fueron excusas y cuentos, aunque la verdad era evidente. Dicen que no permiten visitas por la salud del enfermo, la realidad es que la defunción supone un hecho cotidiano que provoca el descontrol de los viejos y esto debe suponer un problema para los celadores, enfermeros y responsables de la residencia. Seguro que si nos dejasen asistir a este tipo de acontecimientos acabaríamos con las reservas de tranquilizantes y sedantes con los que cuentan.
Comí triste y sólo, pasé la tarde intentando leer algo y por la noche intenté el asalto a su habitación. Por supuesto me denegaron el acceso, me daba igual pues sabía que era algo previsible. Decidí que sería inevitable el hecho de despedirme del que había sido mi amigo, compañero y confidente los últimos tres años. Era algo valioso el tener alguien con quien hablar, alguien inteligente al que no se le ha ido la cabeza. Por estos motivos me sentía en la obligación de ayudarle en este paso trascendental que iba a dar.
Lo mejor era esperar, olvidarme de todo hasta que los pasillos estuviesen vacíos y pudiese pasear a mis anchas. Ya lo había hecho en otras ocasiones y casi nunca me había encontrado con nadie, supongo que los empleados utilizan la noche y la oscuridad para entregarse a sus pasiones ocultas. Cuando supe que nadie estaba alerta, abrí con suavidad la puerta, miré a ambos lados y salí en pijama en dirección a la habitación de mi compañero. El pasillo, enorme y desangelado, sólo estaba iluminado por las luces de emergencia y la luminosidad de las farolas que entraba desde la calle. Daba la impresión de estar en un lugar olvidado y abonado para la desaparición. Seguí al encuentro del viejo que agonizaba, la puerta de su cuarto estaba entreabierta, nadie vigilaba.
Cuando entré la penumbra no me permitió distinguir bien que el bulto de la cama era mi compañero, en un primer momento pensé que ya se había ido, que me había dejado. Lentamente me acerqué, mis vetustas articulaciones crujían a cada paso que daba, con miedo me asomé a su cara. Abrió los ojos de repente, no dijo nada, sólo dio una bocanada difícil para intentar hablarme. Su mirada denotaba agradecimiento, maldije al que le estaba dejando morir sólo y abandonado. Considero que ni un animal se merece un final así. Me senté a su lado y cogí su mano para auxiliarle, su expresión era la de un hombre aterrorizado y en soledad, alguien que estoy seguro tuvo una vida plena y llegó a lo más alto. Ahora estaba conmigo, con un anciano que intentaba inútilmente consolarle. Extrañamente yo no tenía miedo, todo el temor de la habitación estaba concentrado en el nonagenario que agonizaba frente a mí. No sé cuánto tiempo pasamos juntos, pero su respiración se fue agitando hasta que repentinamente cesó. Su vista se apagó, quedó fijada en un punto indeterminado, la inteligencia que en sus ojos brillaba desapareció en un instante. Le besé en la frente y me fui sin hacer ruido.

Nacho Valdés

martes, marzo 23, 2010

A day in the life






Varias cosas :

- Hoy cumple años el magnífico Franco Batiatto. Creador incandescente y genio generacional. Batiatto ha tocado todos los palos que existen y siempre lo ha hecho con respeto y elegancia.
Un brindis por él.

- El Ayuntamiento de Madrid ha querido celebrar el centenario de la Gran Vía juntando a los intrascendentes The Cabriolets con el gran Ariel Rot.
El resultado es la reinterpretación del chotis Madrid que compuso el mexicano Agustín Lara. Además se ha rodado un videoclip. Para el que no lo sepa, The Cabriolets es la banda liderada por la insoportable Bimba Bosé. Nuestras condolencias a Mister Rot por tener que compartir su elegancia con semejante aluvión de mierda. Aquí podéis ver el making of del anuncio.

- Diego A. Manrique escribe hoy en El País acerca de la atrayente figura de Charlie Gillett. Desaparecido el pasado jueves; fue antes que nada una enciclopedia musical con patas.

- Mister Bob Dylan cambió en el año 65 la historia de la música pop y lo hizo vomitando "Like a Rolling Stone" ante una muchedumbre Folkie asustada. Ese cambio musical queda retratado por el crítico cultural Geil Marcus en el libro Like a rolling stone: Bob Dylan en la encrucijada. Desde aquí os podéis descargar el capítulo publicado en Babelia este sábado.

lunes, marzo 22, 2010

En el ángulo muerto Vol. 52


Incomunicación

- ¡Abuelo! ¡Abuelo! – La niña atravesó el pasillo a toda velocidad y se lanzó sobre el regazo del anciano que descansaba en la silla de ruedas.
- Quítate de encima, no ves que le haces daño. Además, tú ya tienes abuelos, éste es tu bisabuelo.
- Pero a mí me gusta llamarle abuelito.
- No ves que no se entera de nada. Anda ve a jugar con tus primos. – La mujer se acercó a su cuñada que estaba en el salón. – La verdad es que no lo soporto, no sé cómo es que le tiene tanto cariño. Si es casi un vegetal.-
- Bueno, cuando ella era niña todavía podía valerse por sí mismo y la verdad es que era bastante cariñoso. Quizás se acuerde.-
- No es posible, era demasiado pequeña. En fin, a mí me pone enferma lo de que se pase todo el día babeando y tosiendo. – El anciano emitió un leve gruñido e intentó mover la cabeza.- ¿Tú crees que se entera de algo?
- La verdad es que no tengo ni idea, desde que lo conozco lo único que hace es cagar, mear y comer. Yo reconozco que no me acerco a él demasiado, me da no sé qué.
- A mí es lo que me pasa con la niña, si no fuese por Juan yo ya le hubiese metido en algún centro para que se ocupasen de él.
- Sería lo mejor para todos.
- Lo voy acercar a la ventana, que le de un poco el sol. Supongo que le sentará bien, ¿no?
- No tengo ni idea de viejos, igual es parecido a una planta y le da vitalidad el hecho de recibir luz.- Ambas rieron de la ocurrencia e intentaron mover la silla.
-Esta maldita silla no se mueve.
-Déjame a mí. – El nonagenario hombre se oscilaba como un muñeco al son de los empujones, su cabeza se movía sin criterio.
- Sujétale la cabeza que vamos a acabar teniendo una desgracia.
- Sujétasela tú, que a mí me da grima.
-Quita de en medio.- Dijo una de las jóvenes bufando. – Intenta tú moverle.-
Volvieron a intentarlo pero las ruedas estaban totalmente trabadas, no rodaban en ninguna dirección. Una de las chicas se inclinó para ver qué podía hacer.
- Hostia, como huele.- Movió la cara con un gesto asqueado.- Este tío se ha cagado.
- Mira a ver qué es lo que pasa.- El viejo continuaba moviéndose al ritmo de los empujones.
- Pero que tontas somos, tenía el freno puesto.- Quitó la pestaña que accionaba las ruedas y volvieron a reír animadamente mientras ponían al hombre frente al ventanal.
- ¿No hace demasiado calor?
- Qué más da, lo máximo que puede pasar es que se muera.
- Pues tienes razón.- Las mujeres estallaron en carcajadas.
El anciano movió la cabeza muy lentamente y emitió un sonido casi inaudible.
- Parece que dice algo.- El ruido se intensificó y la mujer acercó la cabeza. -¿Quiere alguna cosa?
- Sí.- Respondió con un hilo de voz entrecortado.
- Creo que nos quiere decir algo. – Dijo la mujer a su cuñada.
- Acércate más.- Respondió la otra.
El hombre tragó saliva y respiró hondo, parecía infinitamente concentrado en el mensaje que quería emitir.
- Hijas de puta.- Es lo único que salió de su boca.

Nacho Valdés

A day in the life

Regresamos......

lunes, marzo 15, 2010

En el ángulo muerto Vol. 51


Repelente

¡Maldita sea! Ya está otra vez aquí, estoy seguro.
Echo un vistazo rápido antes de adentrarme en el garito, pero su fragancia me adelanta su presencia. Es increíble como se puede desarrollar una aversión a una persona, aunque en este caso creo que está justificado. Saludo al puerta, y entro con rapidez, no sea que me vea y me coja por banda como suele hacer. Todavía no la veo en la oscuridad del local, pero la siento cercana, incluso podría asegurar que en estos instantes está observándome desde algún lugar, entre las sombras.
Soy el primero en llegar. He vuelto a cometer el mismo error, estoy a descubierto. Espero estar acompañado lo antes posible, en caso contrario estaré perdido. Me hundo en una de las butacas en un intento por pasar desapercibido, la gente baila y charla a mi alrededor. Si esto sigue así acabaré por dejar de venir, no hay quien aguante a esta tipa. Dejo la cazadora reservando el sitio parece que, por el momento, estoy teniendo suerte. Me acerco a hurtadillas hasta la barra, tengo sed y quiero tomar algo. Ya sé que es una exposición inútil pero me veo obligado a hacerlo. ¡Mierda! Está acodada en el otro extremo y parece estar buscando a alguien, seguro que rastrea mi presencia. Me encojo detrás de un tipo corpulento, menos mal que la camarera sabe lo que bebo, no tengo que descubrirme demasiado para pedir.
Recojo el cubata y vuelvo a mi butaca, me refugio en la oscuridad y echo un vistazo fugaz a la zona donde se encontraba hacía unos instantes. Ya no está, estoy en peligro. La música suena alta, una canción de moda y la gente se empieza a moverse. Considero que será mejor mezclarme en la pista entre la multitud, seguro que así logro pasar desapercibido. Hago como que danzo con la copa en la mano, aparentando indiferencia, como si nada de lo que pasa a mi alrededor fuese conmigo. Enciendo un cigarro y echo una mirada disimulada a ver si está por las cercanías. Veo una tía interesante. Le sonrío y ella mira para otro lado. ¡Será guarra! No me doy por vencido, me acerco moviendo mi cuerpo de manera ridícula y la muy cabrona se parte de risa con sus amigas. Todavía no está todo perdido, intento presentarme pero la vista se me va a su escote. ¡Mierda! Estoy quedando como un completo imbécil. De todas formas parece que algo le intereso puesto que no se retira, se queda a la expectativa observando mi progresión. Vuelvo a intentar el acercamiento, con el cigarro ladeado y apariencia de tipo duro. Cuando estoy cerca de su oído la tía grita como si la estuviesen despellejando en vida, se agarra la oreja y me mira con odio profundo. Caigo en la cuenta de que la he achicharrado con la brasa de mi cigarro, la muchacha se acerca a sus compañeras y todas me miran de arriba abajo invitándome a dejar la zona. He perdido una buena oportunidad.
Vuelvo a mi butaca y tiro el cigarro avergonzado. Con el ajetreo se me olvida la persecución a la que estoy siendo sometido, vuelvo a mirar en todas direcciones pero no consigo verla. No puede ser, algo no me cuadra. ¿Será que se ha ido a casa? Respiro aliviado, pero algo me falta y mis amigos siguen sin venir. Decido dar una vuelta y buscarla, me siento extraño después de semanas de atosigamiento. La veo a lo lejos, entre el humo, la oscuridad y el gentío. Me acerco precavidamente mientras la música suena estridente. Ella lleva dos copas en la mano, me resulta extraño y al tiempo familiar. Me escudo disimuladamente tras un grupo de gente, observo desde la distancia como se acerca a un tipo solitario que está cercano a la barra. La coge por la cintura y le besa apasionadamente en los labios, ella se echa un poco hacia atrás pero no pone demasiados reparos. Estoy seguro de que se acaban de conocer. Algo en mi interior me dice que debería acercarme a ese pobre diablo y advertirle de a qué se enfrenta, en que situación puede derivar el que parece ser un simple escarceo de una noche. Igual, cuando ella vaya al baño o a pedir algo, debería ir rápidamente y revelarle el desquiciamiento que posee esa mujer. En un brote de sinceridad caigo en que no temo nada por ese desconocido, lo que realmente pasa es que estoy profundamente celoso. Vuelvo a mi sitio totalmente abatido, nunca pensé que llegaría a echarla de menos.

Nacho Valdés

jueves, marzo 11, 2010

Retratos (Vol. 9)

Ariadna tiene los ojos negros y ve el mundo a través de una pequeña lente. Toma fotos en parte de cuerpos, en parte de almas. Hay siluetas suyas repartidas por todo el planeta. Detiene el tiempo por un instante y nunca sabes qué será lo siguiente, un precipicio interior o un vuelo de cometa.

Ariadna es indescifrable y eso la hace única. Su piel es un mapa de coordenadas dibujadas en un viaje a ninguna parte.

A veces, pienso en ella como en un coche robado que recorre la ciudad saltándose los semáforos y esquivando las balas. Una figura que se desvanece según muere el siglo. Un diamante de los de antes.

Me la imagino cantando al lado del fuego en una playa japonesa desierta. Vestida, tal vez, únicamente con una guitarra rota y un par de cigarros. Algún día le pediré que llene todas mis partes imperfectas en una foto imposible.
Ari despierta en mí y yo duermo en ella.

Sus manos nunca descansan sino que esperan. Son la antesala donde permanecen las cosas frágiles. Eso que sólo vemos a través de una lente propia.
La libertad.

lunes, marzo 08, 2010

A day in the life

Hoy es el día mundial de la mujer...

En el ángulo muerto Vol. 50


En blanco

Las arañas observaban desde los rincones de la alcoba todos mis movimientos, mi deambular nervioso en busca de la musa que me permitiese volar. Estaba oscuro y hacía frío, quizás me faltase el amor, la pasión y la vida que me permitiese arrancar un puñado de emociones. Las vigas del techo se acercaban a mí, se convertían en la prisión de la que no podía escapar, esa maldita cubierta sobre cuatro paredes se cernía sobre mí dejándome sin aire. Me costaba respirar, me dolía la cabeza y estallaban los recuerdos que ya había olvidado intentando encontrar el camino para dejar atrás el blanco gigante que se levantaba frente a mí. Quizás fuese el disolvente, pero no era capaz de concentrarme.
Entraba un haz de luz bajo la rendija de la puerta de madera, el viejo portón apolillado que nunca se cerraba del todo, que permitía que mis ideas se escapasen y no volviesen. Porque las ideas vuelan y se van, por eso las encierro en lienzos enormes que después me persiguen en sueños. Éstas son las menos, la mayoría se va por los agujeros, por todos los lados. Entre las sábanas huyen despavoridas, quieren ser libres, pero yo las quiero cautivas. Las necesito para alimentar mi tremenda vanidad, sin ellas no soy nadie, son el fruto de mi esfuerzo y mi pasión pero quieren dejarme atrás. Empapo el trapo en disolvente, el olor penetra, con él tapo el resquicio de la entrada. Las ideas odian el disolvente, ninguna de ellas se marchará ocultando sus salidas. Las tengo atrapadas, puedo sentir como se refugian, como me esquivan y vuelan con las arañas que se esconden entre los escasos muebles.
Abro la botella, bebo y me quema hasta el alma. La mente bulle, ya la tengo, aunque en el último instante se escapa entre los dedos. Me siento confuso, extrañado, ¿dónde se habrá ido? Comienzo a mover todo, a tirar las pinturas, a arrastrar los muebles; no puede haberse ido demasiado lejos. Me desnudo y me sitúo en el centro del estudio, tengo que encontrar la salida por donde escapan. Me llegan las corrientes y tirito, tengo frío pero sé que están por ahí. Apago la pequeña lámpara de aceite y lo veo todo más claro. Entra luz, el techo está abierto y es bien sabido que la imaginación es más ligera que el humo, tiende a subir y no se frena. Pienso en la de imágenes que se habrán acumulado entre el andamiaje que soporta el revestimiento, años de exhalaciones que se han quedado estancadas esperando su turno para salir y no volver. Las capturaré.
Me pongo cualquier cosa y cojo la escalera, me subo y llego hasta el último peldaño, no hay manera de alcanzarlas, son esquivas. Bajo de un salto que provoca que se mueva todo mi ser, que una ola me recorra desde la cabeza a los pies. Se me ocurre algo pero asciende vertiginosamente, no puedo permitirlo más, cualquier día me quedaré seco. Echo un trago para intentar contenerme, para que mi mente no carbure a tanta velocidad. De repente se me ocurre, como un chispazo, como si de un reflejo se tratase mi situación se aclara gracias a las luces que salen de mi cabeza. Tiro la estantería y recojo los libros, construyo peldaños que van ascendiendo poco a poco, no es suficiente. Tomo todos los materiales que tengo a mi disposición y comienzo a acumularlos, pretendo tocar el cielo escurridizo del techo. La habitación se queda desnuda, el lienzo en blanco y la montaña de objetos que pretende llegar hasta la creatividad que se escurre por los imperceptibles orificios en los que no había llegado a reparar.
Comienzo el ascenso, todo se tambalea, decido bajar para fortalecer la estructura y terminar la botella que tanto me ayuda a soportar la indiferencia. Con fuerzas renovadas vuelvo a encaramarme, todo tiembla, oscila y se tambalea de forma peligrosa; me da exactamente igual, las estoy viendo, y tal como pensaba se han quedado atrapadas en las telas de araña. Prácticamente las puedo tocar, comienzo a distinguirlas, me estiro y mis falanges las rozan. Un esfuerzo más y ya estará solucionado. Me pongo de puntillas, me desestabilizo pero soy capaz de tomarla entre mis manos. Caigo con una mueca de felicidad, tiro a mi paso el lienzo y la sangre que brota de mi cabeza dibuja lo que no era capaz de expresar. Pienso que lo he conseguido, que ya tengo una obra póstuma. Después cierro los ojos y me dejo llevar por el arrullo del alcohol.

Nacho Valdés

jueves, marzo 04, 2010

Retratos Vol. 8

Las últimas estrellas del show lloran antes de cantar el Heartbreak hotel. A cierta hora, cuando nadie las ve, tienden a levantar el vuelo. Dibujan trayectorias estables hasta el fin de la noche. Después, desaparecen.
Las últimas estrellas del show sacan a puntapiés a los rezagados del sueño. Evitan que dejen sus pocas pertenencias sobre las sillas de madera. Esquivan la conexión con las postreras miradas. Encienden el fuego y se van de nuestras vidas.
Las últimas estrellas del show nacen en las calles donde todos los relojes se atrasan hartos de ser ignorados. Todo lo que tienen es un eterno mal día de rodaje.

Las últimas estrellan del show tienen nicotina en las venas. Cierran con besos las heridas ajenas. Inventan canciones para que nos matemos.

Las últimas estrellas del show dejan huellas de oro delante de la puerta de la suite nupcial, lanzan postales de lugares exóticos mientras bailan encima de los pianos. Que privilegio es verlas reir alrededor del campo de tiro, avanzando sobre las manos sucias del pecado.

¿Qué hay más mísero que un minuto sin ellas?

Es sencillo.

La respuesta eres tú